sábado, 25 de enero de 2014

LA CUESTION SOCIAL (Continuación)




             



               Permítasenos recordar al respecto  las “Lecciones de la Historia”: Una y otra vez, ante concentraciones enormes de riqueza en manos de unos pocos, las masas empobrecidas se han visto empujadas a la rebelión, para derribar de sus lujosos pedestales de poder y de prestigio a los opulentos. La riqueza y la codicia de los Borbones de Francia y de sus cortesanos fueron las causas de la Revolución Francesa. La aristocracia rusa y el régimen Zarista fueron derribados por la Revolución Bolchevique. El Sha de Irán fue depuesto en medio de un sangriento alzamiento. La historia nos enseña, sin lugar a dudas, que las grandes disparidades de la riqueza conducen, andando el tiempo, a grandes disturbios. No escribimos esto como profecía, sino como aviso, dentro del espíritu de un Thomas Jefferson cuando advertía a la opinión pública francesa, precisamente cuatro años antes de la Revolución, “que la extrema concentración de la riqueza en aquella sociedad acarrearía las más graves consecuencias”.
               Llegados a este punto, se puede formular una objeción legítima: si el exceso de concentración de la riqueza tiene consecuencias tan horrendas para la economía y para la sociedad, ¿cómo es posible que tales peligros hayan sido casi universalmente desconocidos? La sencilla respuesta es que vivimos en una época que propiamente puede calificarse de la era de los logreros”. Llamamos logrero al que sólo piensa en el dinero, al que desea el dinero por amor al mismo y olvida que hay en la vida otras cosas más dignas de ser disfrutadas y más nobles. Cuando hablamos de logreros aludimos a la mentalidad adquisitiva, no a la situación patrimonial de una persona. El logrero será generalmente una persona rica, pero no todo rico es necesariamente un logrero; todo depende del empleo que se proponga dar a su riqueza.
               Durante las eras adquisitivas la riqueza es la fuente principal de Poder político y de prestigio social. Los ricos dominan entonces el Gobierno, la Religión, las costumbres y la mayor parte de las instituciones sociales. Alquilan a los intelectuales para que elaboren teorías que justifiquen la supremacía social de los logreros. Entonces, la ideología económica corriente dice que, si bien es cierto que la disparidad de las fortunas puede ser algo injusta, al menos es conveniente para la prosperidad económica. Como dijo John F. Kennedy en aquellos dorados años ’60 para los EE.UU.: “cuando la marea sube, todas las barcas flotan”. ¿Acaso no están mejor las riquezas en manos de hábiles y osados empresarios, capaces de generar inversiones y de crear puestos de trabajo? Como veremos, uno de los puntos centrales de estas ideas es la “Teoría del goteo” o de la “Capilaridad descendente”. La “Teoría de la Capilaridad descendente” dice, sencillamente, que no se debe poner trabas a los hombres de negocios en su afán de acumular riquezas, porque la prosperidad se irá difundiendo luego gradualmente, a partir de los ricos, para beneficiar a las demás capas de la sociedad. Tal teoría sostiene que, cuanto más ricos sean los ricos, más invertirán y más y más oportunidades de trabajo se crearán en consecuencia. Por tanto, la codicia es buena para la sociedad y el bienestar económico de la Nación. Esta es la teoría que inspiró la “Economía de la Oferta” de Ronald Reagan en los años ’80 llamada también “Reaganomics” (Reaganomanía). A esta idea se la denomina también “Teoría del Goteo” y a los partidarios de la misma los “cuentagotas”.
               Siempre que se presenta alguna dificultad económica, bien sea que se dispare la inflación, que aumente el desempleo, que haya déficit comercial o cualquier otra calamidad, la “Teoría del Goteo” le hecha la culpa al Gobierno. Algunos “cuentagotas” denuncian al Gobierno por intervenir demasiado, otros por no intervenir lo suficiente. En cualquier caso lo evidente es que el Gobierno casi siempre tiene la culpa de todo; el sector privado, movido por la codicia, nunca tiene la culpa de nada.
            La Macroeconomía, que es el estudio del comportamiento económico de una sociedad en su conjunto, se halla hoy por hoy en un estado de lamentable confusión. Al último recuento y excluyendo a los Socialistas y otras doctrinas radicales, observamos ocho escuelas de pensamiento económico y sus a láteres: la clásica, la neoclásica, la keynesiana, la poskeynesiana, la neokeynesiana, la monetarista, la de las expectativas racionales y la de la economía de la oferta. Todas esta escuelas difieren entre sí, algunas radicalmente, otras en cuestiones de matices, y ofrecen a la política económica toda una panoplia de recomendaciones. Un estudio más detenido, sin embargo, revela que todas estas variantes pueden resumirse en dos categorías. Hablando en líneas generales, sólo hay dos escuelas de pensamiento económico, a saber, la intervencionista y la no intervencionista, ya que estas dos ideas genéricas abarcan todo el horizonte de las filosofías macroeconómicas.
        Según la Escuela Intervencionista, la autoridad económica debe realizar periódicos reajustes de la economía, por medio de sus políticas monetarias y fiscales. El sector privado es inestable de por sí, pero las autoridades pueden ayudar a estabilizarlo mediante la intervención en sus instituciones financieras, tales como los mercados monetarios y de valores. Ésas son las armas intervencionistas de esa escuela, en la que se engloban los keynesianos, poskeynesianos y neokeynesianos. Son partidarios de un sector público fuerte, como baluarte contra las flaquezas de la economía. La Tendencia No Intervencionista, en la que subsuman todas las demás escuelas, detesta la idea de los ajustes practicados por las autoridades sobre la economía, y ello por razones lógicas e ideológicas. Opinan que la autoridad económica no debe intervenir para nada, si no es para observar unas normas rígidas en cuanto al crecimiento monetario y al equilibrio del presupuesto. Que el sector privado es eficiente y estable de por sí, pero la intervención administrativa lo desestabiliza y le resta eficiencia. Las ayudas del poder público pueden ofrecer paliativos a corto plazo, pero no una cura definitiva.
              Aunque estas dos escuelas del pensamiento económico –según nuestra definición amplia– propugnan a veces recetas radicalmente diferentes, la filosofía en que se fundan ambas viene a ser la misma. Las dos admiten la “teoría del goteo”: la escuela no intervencionista es la teoría “mostrenca” del goteo, mientras que los intervencionistas se adhieren a la teoría “tácita”. Como ya dijimos, la doctrina del “goteo” o “capilaridad descendente” busca su justificación moral en la afirmación de que los potentados reinvierten continuamente su dinero y crean puestos de trabajo. Nada más lejos de la verdad, sin embargo. Los muy ricos son principalmente especuladores, no inversores. Y ¿es verdad que las grandes compañías crean muchos puestos de trabajo? Se trata de otro mito que ha prevalecido a través de los años, y que ha sido refutado por David Birch en su libro Job creation in America (Free Press, Nueva York, 1987). Su conclusión es que casi todos los puestos de trabajo nuevos se han creado en empresas de menos de veinte empleados: los pequeños empresarios, procedentes de las clases medias, son los verdaderos inversores y los que hacen verdadera demostración de iniciativa. Los muy ricos se limitan a especular sobre negocios ya existentes, o intentan apoderarse de los pequeños, no crean puestos de trabajo, sino que los eliminan a través de las fusiones. Además el estudio de Birch confirma que las pequeñas y medianas empresas (PYMES) ofrecen  más seguridad en el empleo que las grandes compañías. Por desgracia, en una sociedad adquisitiva como la que tenemos no hay lugar para las herejías económicas y otra de las lecciones de la historia es que el establishment es siempre el último en aceptar las ideas nuevas, como las que expondremos a continuación en una próxima entrega a titularse: PROUT: LA SOLUCIÓN DEL SUBDESARROLLO.-












No hay comentarios:

Publicar un comentario