domingo, 14 de febrero de 2016

KHOMEINI

          ¿PORQUÉ  APARECIÓ KHOMEINI?
  Génesis y evolución del Régimen Teocrático Iraní
      Mucho se ha escrito ya sobre la Revolución Islámica Iraní y sus secuelas, de la que en este final de Febrero se cumplen ya 37 años. Se han dado las más diversas explicaciones a este fenómeno inédito de la política contemporánea, mas nosotros quisiéramos agregar algo más y muy particular en el contexto global de los análisis de la caída del Sha y el ascenso y permanencia del ya fallecido Ayatolah Khomeini y sus Mollahs. Tal vez ahondando en la historia, la estructura y la psicología del Chiismo iraní podamos explicarnos mejor el hecho de la caída fulminante de uno de los Monarcas más poderosos de la tierra, apoyado plenamente por los EE.UU. en su papel de “gendarme del Golfo Pérsico”, empeñado (hasta entonces aparentemente con éxito) en la modernización acelerada de la sociedad iraní y en franco progreso económico, militar, legal y educacional.
                      I- UN POCO DE HISTORIA
      La historia de Persia se pierde en la noche de los tiempos. Más allá del Tigris y el Éufrates, durante toda la historia de Grecia y Roma, estaba el casi secreto Imperio que por un millar de años había resistido la expansión de Europa y las hordas Asiáticas, no olvidando nunca su gloria Aqueménida, recobrándose siempre de sus caídas y manteniendo orgullosamente su singular y aristocrática cultura que había de transformar la conquista Islámica del Irán en un Renacimiento Persa.
      La geografía misma de Irán nos da, ya, una idea de su fuerza y su debilidad: situado en esa zona del Medio-Oriente donde se cruzan las rutas que unen Europa, Asia, el sub-continente Indio y África. Bañado por tres mares y separado de la civilización Mediterránea sólo por Irak y Siria, he ahí su fuerza. Mas, por otra parte, el Irán es una inmensa llanura ocupada por estepas, desiertos salados y montes abruptos, lo que ha hecho que las poblaciones, la actividad, la riqueza y la cultura, se concentraran en la periferia, con minorías étnicas y caudillajes políticos, además de influencias exteriores que impulsaban un constante movimiento centrífugo, habiendo sido a lo largo de los siglos el factor determinante que hiciera del Imperio y de la Religión los fundamentos de la unidad.
      La Dinastía Aqueménida creó no sólo el Imperio más grande que el mundo había conocido, sino también el primer auténtico Imperio es decir, el Gobierno de un solo Jefe sobre numerosos y extensos pueblos diferentes. Pero hizo algo más: bajo el influjo de la veneración del déspota oriental único, fue tomando conciencia el ser humano de la idea del Dios único eterno e inmutable que superaba el grosero Politeísmo rendido a las fuerzas ciegas de la naturaleza: el Monoteísmo de masas comienza con el oriente Persa. Con Zoroastro nace el espíritu religioso mazdeo               –expandido fuera de Persia como Maniqueísmo– intolerante, fatalista y despiadado. La religión Mazdea era una religión de ritos lúgubres, triste; de un puritanismo fatigoso, exigía de sus adeptos una extraordinaria pureza, una perpetua vigilancia de todos sus instintos, un salvaje ataque a todos los intérpretes del “Mal”: Ahriman, el “Taghout” (Diablo), el espíritu maléfico; en nombre del puro Aura Mazda, la luz, el Bien, mas no amoroso ni misericordioso, sino implacable. Para Zoroastro el mundo todo no es más que un campo de batalla donde se enfrentan Ormuz y Ahriman, y no sólo metafísicamente, sino con la espada en la mano y bajo la guía de los Sacerdotes, los Magos: los Mobeds. ¿No parece acaso escuchar todavía a Khomeini y sus sucesores cuando leemos este pasaje del Zend-Avesta?: “Es malo ser bueno con el malo... Los príncipes hechiceros han sometido al hombre al yugo de su imperio para destruir la existencia con sus malas acciones. Hay que destruir a los huéspedes de la casa del Mal”. Así pues, gran parte del alma de esa religión se nutría de la desgracia, la intolerancia, la muerte, la evasión y el renunciamiento, y subsistiría vivaz a través de los siglos.
      La decadencia Aqueménida sucumbió ante Iskandar, el nombre con que el Oriente inmortalizó a Alejandro Magno, pero, contrariamente a lo que puede creerse, Persia no se helenizó; fue Alejandro quien abrazó la civilización Persa y este fenómeno se ha repetido con los demás conquistadores, pues los Persas conservaron e impusieron a sus vencedores su propia cultura y los Magos Zoroastrianos no solo conservaron su influencia sino que la acrecentaron.
      Con la desaparición de la estructura administrativa del Imperio, con la disolución de las Satrapías y la eliminación de los “ojos y oídos del Rey” los magos Zoroastrianos fueron quedando como los únicos administradores válidos, tal como los clérigos cristianos de la baja Edad Media; su Poder fue creciendo a tal punto, que ni siquiera el breve eclipse sufrido bajo los Partos Arsácidas pudo desplazarlos de la historia persa.
      Hacia 248 (antes de nuestra era) un Caudillo Escita, Arsaces, se rebeló contra la autoridad Seléucida y convirtió a Parthia en un Estado soberano, fundando la Dinastía Arsácida. Hacia fines del siglo II, a. C., toda la Mesopotamia y toda Persia habían sido absorbidas en un nuevo Imperio Parto. Los soberanos Arsácidas conservaron la estructura administrativa creada por los Seléucidas pero le superpusieron un Feudalismo derivado de los Reyes Aqueménidas. La descentralización relativa que ese feudalismo supuso, debilitó grandemente la influencia de los sacerdotes Zoroastrianos; si a eso sumamos el hecho de que los Partos Arsácidas eran muy tolerantes para con las diversas confesiones, permitiendo a los griegos, judíos y más tarde a los cristianos que vivían entre ellos practicar sus cultos sin molestias, más su desvío de la ortodoxia mazdea, prefiriendo a Mitra, el Dios Sol que en la religión de Zoroastro solo recibía un culto menor como principal ayudante de Ormuz, comprenderemos que, ya entonces, los Magos, desdeñados por los reyes Arsácidas, estaban al constante acecho detrás de las masas para derrocar a la Dinastía. A la muerte de Vologases IV (209 de nuestra era) los Mobeds Mazdeos apoyaron una serie de revueltas y guerras civiles hasta que en 227 Ardashir, Señor Feudal de Persia, venció a Artabano, el último Arsácida, y se proclamó Rey de Reyes, estableciendo la Dinastía Sasánida.-

                          II- LOS SASÁNIDAS
      Con los Sasánidas la religión de Zoroastro fue restablecida en autoridad e influencia; se asignaron tierras y diezmos a los Sacerdotes; el Gobierno se cimentó plenamente en la religión, como en la Europa Medieval… “Un Archimago, sólo inferior en Poder al Rey, encabezaba una ubicua casta sacerdotal hereditaria de Magos, que dominaba casi toda la vida intelectual de Persia, atemorizaba a los pecadores y rebeldes con la amenaza del infierno y mantuvo en servitud el pensamiento y el pueblo persa durante varios siglos” (J. B. Bury: History of the later Roman Empire” ; T.I. pág. 91¸ Londres, 1923). No debemos olvidar que la primera Iglesia organizada por el Estado fue la Mazdeísta, por el Rey Sasánida Ardechir, quien en el siglo IV de nuestra era lo hizo así y planificando todos los detalles, convirtiendo al clero Mazdeo, los Mobeds, en sostén oficial del trono.
      Como dice Gobineau en su obra Trois ans en Asie”: “Bajo los Sasánidas, un cuerpo de Sacerdotes del fuego, los Mobeda, habían adquirido una enorme influencia en el Estado. Eran casi todopoderosos en los Consejos del Soberano, se habían introducido en la Administración Civil y, confundiendo el dominio de la fe y el de la política, no admitían que ninguna parte de ésta última les fuera vedada…” “Los Mobeds, que constituían un poderoso cuerpo bien organizado y dirigido por fogosos Jefes, no dudaron en introducir un sistema constante de persecución que dejó muy lejos todo lo que se pueda contar o inventar sobre la Inquisición española…”.
      La organización de los Magos (Mobeds) era tan rica que los Reyes a veces tomaban en préstamo grandes sumas de la tesorería de los templos. Pero también ella protegía al ciudadano común contra los recaudadores de impuestos y a los pobres contra la exagerada opresión (G. Rawlinson: “The Seven Great Oriental Monarchy”; pág. 636; Londres, 1876). Cada ciudad importante tenía un templo del fuego donde una llama sagrada simbolizaba al Dios de la Luz. Sólo una vida de estricta, obsesiva virtud y limpieza ritual podía salvar el alma de las acechanzas de Ahrimán (el “Gran Satán” de Khomeini); en la lucha contra el demonio era vital contar con la ayuda de los Magos y su “magia”: sus plegarias, su guía, sus consejos, sus adivinaciones etc. Solamente de esta manera y con esa ayuda el alma podía alcanzar santidad y pureza, pasar la prueba del Juicio Final y gozar la eterna felicidad del Paraíso.
      Pero los sacerdotes Mazdeístas, como los Mollahs de Khomeini y de ahora y, ¿porqué no decirlo?, como los Cristianos y Judíos de otros tiempos, hacían delito capital de la apostasía del credo nacional. Cuando Manes (que pasó a nosotros como Maniqueo) alegando ser el cuarto mensajero divino –después de Buda, Zoroastro y Jesús– anunció una religión de celibato, pacifismo y quetismo (Quetismo: movimiento místico-religioso, en reacción a las prácticas ascéticas, propuestas excesivamente formales. Se determinó como una propuesta de un camino espiritual centrado en el pasivo del alma ante Dios, el espíritu de la quietud y la oración mental, que tiene por objeto lograr la total unión del alma con Dios), los nacionalistas y militantes Magos lo hicieron crucificar y el Maniqueísmo tuvo que encontrar su expansión en el extranjero.
      Es que todas las áreas de la vida espiritual y material estaban regidas por los Mobeds, como luego lo serían bajo el Islam. No solamente eran Dirigentes políticos y religiosos, sino que tenían bajo su jurisdicción la enseñanza, la justicia, los servicios civiles, la supervisión del comercio y aún de la agricultura y la industria. Decidían en casi todos los casos –tal cual después como Mollahs del Islam– siguiendo el enfoque o el capricho, el interés o la pasión del momento; tan poderosos llegaron a ser dentro de la sociedad persa, que hasta el Derecho era creado por los Reyes. Sus Consejeros y los Mobeds, sobre la base del viejo Código Avesta (como ahora el Corán) pero su administración e interpretación eran dejadas a los Sacerdotes. El Rey atribuía su Poder a Dios, se presentaba como su Virrey y cuando no había heredero directo, los Nobles y Sacerdotes escogían el Soberano.
      A tanto llegó el Poder de los Mobeds que hasta los Reyes llegaron a temerles, y no era para menos, pues los Magos lograban que todas las clases sociales acudieran a ellos: los Nobles para recabar su apoyo en las decisiones del Soberano; los Comerciantes porque siempre los necesitaban en su calidad de Jueces Civiles; los Terratenientes porque se hizo de la agricultura un deber religioso pues las labores agrícolas (se decía al pueblo) aseguraban la victoria final de Ormuz sobre Ahrimán; hasta los Líderes de facciones políticas porque los Mobeds habían llegado a ser verdaderos Jefes del populacho. Para conservar esta fuerza se hicieron complacientes con la plebe –como ahora– mantenían con limosnas a los miserables, agitaban a las masas con demagogia, y en su calidad de administradores de Justicia, la aplicaban según su conveniencia política o económica.
      El paralelo –a tantos siglos de distancia– es asombroso. Así como hoy, mientras las clases inferiores siguen fanáticamente a sus clérigos Mollahs (recordemos que solamente el Chiismo tiene clérigos en al Islam) las clases superiores han aprendido a despreciarlos, y es difícil comprender ¿cómo en este país, al cual quienes han vivido unos años en él, lo conocen –respecto a sus Clérigos– revoltoso, escéptico, haciéndolos blanco de toda clase de bromas por sus malas costumbres, su pereza, su ignorancia y hasta -¡oh, paradoja!– su ebriedad; cómo lleva al Poder a estos mismos Mollahs y se hunde en un siniestro puritanismo?” (J. Lartéguy: “Dieu, l’or et le sang”; París, 1980). Solamente conociendo la historia del Clero Mazdeo es posible comprenderlo, amén de otros factores que más adelante veremos.
      El dominio  clerical llegó a tanto, que las Clases citadas –con la aquiescencia del Monarca, que deseaba mantener y acrecentar su autoridad– reaccionaron con odio y fuerza y, bajo el reinado de Kobad I (488-531) se fomentó un Movimiento de comunismo primitivo que hacía de los Mobeds el principal motivo de su ataque. Fue cuando el Sacerdote Zoroástrico Masdak, hacia 490, se proclamó Dios, predicando la destrucción de los Magos, la comunidad de bienes y de mujeres, que ninguno tiene derecho a poseer más que otro y que todos los hombres nacen iguales y pueden alcanzar la salvación sin intermediarios. Pero lo más extraño fue que durante diez años contó con la aprobación del Rey. Mas luego el Rey Kobad fue derrocado, Mazdak ejecutado, y el Clero volvió al Poder más influyente que nunca.
                        III- LA CONQUISTA ÁRABE
      El Régimen Sasánida no cayó solo por el empuje militar árabe y por la fuerza persuasiva del Islam. Sucumbió por las mismas razones que ya estuvieron a punto de hacer triunfar a Mazdak: el anquilosamiento cultural, la desintegración social, la corrupción moral y el estancamiento económico de un país agotado por la anarquía y la rigidez del sistema dirigido por los Mobeds. Los Árabes con su Islam triunfante fueron vistos como liberadores por los Persas, cansados del puritanismo religioso y la opresión agobiante. Pero, volvamos a Gobineau en otros pasajes de su obra citada: “En esos momentos nació el Islamismo. El día del rencor resplandecía En las ciudades, los disidentes oprimidos levantaron la cabeza. La multitud de artesanos, el pueblo maltratado por los Mobeds, los artistas, los incrédulos, se echaron en brazos de los árabes vencedores. La pasión por las revoluciones y el pillaje hiso el resto”. Y en otro pasaje, Gobineau continúa: “…Los árabes, como confesó un Califa, tenían genio militar pero en modo alguno poseían el del Gobierno y la Administración. Los Mobeds ofrecieron poner su experiencia al servicio del vencedor si el vencedor quería utilizarla La utilizó; tomó a los Mobeds como Intendentes con la condición de que reconocerían al Islam; consintieron, arreglando de inmediato un Islam de tal manera que hubiera sido irreconocible para Mahoma y que no se parece en nada a lo que se ve en el mundo MusulmánVolvieron a constituirse en un Clero inquisitivo, dominador, cambiando solo el nombre de Mobeds por el de Mollahs. Establecieron que en principio, leer el Corán sin la participación de un Mollah constituía una herejía grave en sí y que sólo el Mollah podía y debía dar a los Fieles el verdadero sentido del libro sagradoInventaron el culto de los Imanes contra el propio Islamismo…”
      Hasta aquí Gobineau. Y podemos agregar que los Persas otra vez volvieron a afirmar la supremacía de su cultura y su originalidad al elaborar la Doctrina Chiita, con lo cual se independizaron política y espiritualmente de los Califas hereditarios de Bagdad. La “Chía” (significa: secta, grupo) que rechazó el Sunismo oficial, tuvo su origen en los asesinatos de Alí, yerno de Mahoma y el de su hijo Husein y su familia. Hasta ahora, cada año representan la tragedia de su pasión venerando la memoria de Alí y sus hijos Hasan y Husein. Y, precisamente       –corroborando a Gobineau– notamos que el clero Mazdeo, convertido ya en clero Musulmán, pero influido quizá por sus originarias y arraigadas ideas Persas y por el Judaísmo y el Cristianismo acerca de un Mesías, y por la concepción Budista de los Bodhisattvas (santos repetidamente encarnados) hizo que los Chiitas consideraran que los descendientes de Alí eran Imanes (modelos) o sea, infalibles encarnaciones de la sabiduría divina. Y como el último y duodécimo Imán desapareció a los doce años de edad, según la creencia Chiita no murió sino que aguarda el momento de reaparecer para conducir a los Chiitas a la supremacía universal y a la felicidad. Todo lo cual encaja perfectamente con el “iluminado” Ayatollah de Quom y la “exportación” universal de la Revolución Islámica.
                           IV- CONCLUSIÓN
      A través de los siglos, y pasando por las conquistas Mongolas, Turcas, y el de las Potencias Imperiales de Occidente, Persia, con altibajos de gran esplendor,  fue hundiéndose cada vez más en el atraso, la miseria, el estancamiento general, la anarquía y la desesperación. Pero el clero Chiita continuaba firme en el dominio férreo que ejercía sobre las diversas instituciones de la vida del pueblo iraní. Ni siquiera la singular personalidad de Reza Khan,  el fundador de la Dinastía Pahlevi, pudo arrancarle ese Poder. Reza Khan, a pesar de soñar para el Irán una República laica como la Turquía de  Kemal Atatürk (a quien tomaba como modelo de Estadista), y aunque logró proscribir la poligamia, el velo de las mujeres, y hacer vestir a su pueblo de occidental, no logró quebrar la espina dorsal de los Mollahs: su disciplinada y rígida jerarquía clerical y su impresionante red de intereses creados, en especial la tenencia de la tierra. Aunque logró retirar todos sus Poderes al Clero, como ser la enseñanza, la Justicia y el Estado Civil, con la introducción en 1926 de un sistema judicial basado en el modelo Francés, y en 1927 con la instauración de la Enseñanza Primaria obligatoria y laica. Así comenzó el odio terrible contra la Monarquía y su subsecuente movilización, de una Secta única en el mundo musulmán: única por contar con un Clero organizado y con disciplinada jerarquía, cosa ésta que la previsión de Mahoma había evitado al Mundo Islámico.
      Las causas políticas y sociales de la caída de Pahlevi han sido ya muy estudiadas y analizadas como para detenernos a examinarlas otra vez. La índole de este trabajo es la de completar esos estudios. Por tanto, sólo queremos agregar que el Sha, al querer ir demasiado lejos y muy rápido, ebrio de orgullo y despotismo, fracasó además porque los tecnócratas suyos e internacionales, desconocieron y subestimaron al pueblo iraní. La Reforma Agraria quebró la aldea que era el eje ancestral de una especie de unidad cooperativa, sin proporcionarles a los campesinos, recién devenidos en propietarios, ni los conocimientos ni los medios para producir mejor, llevándoles a desarraigarse y –endeudaos y enfurecidos– a engrosar el proletariado creciente de las ciudades, que una industrialización planeada según los intereses transnacionales no podía absorber.
      Pero, por sobre todo, el Sha se malquistó con el más rico y poderoso terrateniente al que obligó a malvender sus inmensos dominios: el Clero Chiita. Con la Reforma Agraria, más la nacionalización de los bosques y las tierras de pastoreo, la laicización extensiva y acelerada de la enseñanza, además de la introducción de la Justicia laica en el campo por medio de las “Casas de Equidad” y, por último, la concesión de sufragio a la mujer, sólo les quedaba a los Mollahs el camino de la insurrección si no aceptaban quedar relegados como los Derviches de la moderna Turquía.
      Ahora, a Treinta y siete años de distancia, ¿hacia dónde va el Irán? ¿se consolida una nueva forma de Organización Social con un Estado Teocrático? ¿caerán en ello las demás Naciones Islámicas? Es difícil saberlo, pero con la existencia bien organizada del Clero Chiita, al que Khomeini y sus sucesores han reformado totalmente de sus vicios y malas costumbres, dándoles una gran autoridad moral y material, llevando al Irán a un gran progreso político, militar, y económico; y con toda la estructura del Estado dependiendo de la voluntad omnímoda de un Líder Religioso (Velagat Faghi) asistido por su “Comité de Vigilancia” compuesto por 6 Sabios Doctores de la Ley Islámica, con un Poder absoluto e inapelable; este reemplazante del Ayatollah Khomeini, con toda la autoridad y el poder carismático heredados  de aquél que le permitieron capear las más diversas tempestades políticas, está saliendo adelante contra todo pronóstico.
      Y el mundo asiste, perplejo aún, al espectáculo que ha dejado puesto en escena ese nuevo Zoroastro y su República Teocrática,  que con palabras del Zend-Avesta –aún después de muerto– apostrofa al universo con frases como éstas:
      Europa no es más que un hato de Dictaduras llenas de injusticias. Estamos convencidos de que ustedes, iranios, han perdido su capacidad de distinguir el bien del mal a cambio de algunos aparatos de radio y de ridículos sombreros occidentales”.
      Todo Poder laico, cualquiera que sea su forma en que se manifieste, es por fuerza un Poder ateo, obra de Satán. Y el Poder Satánico sólo puede engendrar  corrupción sobre la tierra, es el Mal Supremo que debe ser despiadadamente combatido y desenraizado”.
      Se deben castigar las faltas por la Ley del Talión: cortar la mano del ladrón, matar al asesino y no encarcelarlo... ochenta latigazos a un bebedor de vino, cien latigazos al hombre adúltero, lapidar a la mujer adúltera si es casada...”.
      “Debemos hacer todo lo posible para derrocar los otros Gobiernos tiránicos, pseudo-musulmanes puestos por el extranjero, y una vez conseguido este propósito, instalar el Gobierno Islámico Universal”.                            .                                                        (de: “Pensamientos y Reglas de Conducta”, del Ayatollah Ruhollah Khomeini).-
                      NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
(1)            J.B. Bury: “History of The Later Roman Empire” (Historia de la última etapa del Imperio Romano)          T.I. pág. 91; Londres, 1923.-
(2)            G. Rawlinson: “The Seven Great Oriental Monoarchy” (Las Siete Grandes Monarquías Orientales) pág. 636; Londres, 1876.-
(3)            J. Lartéguy: “Dieu, l’or et le sang” (Dios, el oro y la sangre) París, 1980.-
(4)            Will Durant: “Historia de la Civilización”;                          Tomos: VI-VII-VIII-IX y X.-
(5)             Conde de Gobineau: “Trois ans en Asie” (Tres años en Asia); 1859; Metaillé, París, 1980.-

(6)            Mohammed Reza Pahlevi: “Reponse a l’histoire” (Respuesta a la historia); París, 1979.-

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