sábado, 5 de septiembre de 2015

3) ISRAEL Y EL SIONISMO

      ISRAEL Y EL SIONISMO (Parte Tercera)
      El Sionismo partió de la idea de que los judíos de todo el mundo forman una Nación, entendido esto en el sentido europeo, como un grupo de gente que se identifica a sí mismo con un Estado Político, existente o por establecerse. Partiendo de esta base el problema se restringía al del transporte en el más amplio sentido: una vez que se crease un hogar judío en Palestina, todos los judíos, o por lo menos la mayoría de ellos, iban a ir a vivir allí, en el judenstaat de Teodoro Herzl. Pero la historia ha probado la falsedad de esta teoría: se creó, por cierto, un Estado Judío en Palestina, pero la mayoría de los judíos no mostró la menor inclinación por establecerse allí; 20 años después de la creación del Estado de Israel, se habían radicado dos millones y medio, los más por circunstancias determinantes frente a las cuales no tenían opción; pero varios millones, que no estaban sujetos a persecución física, permanecieron donde vivían. Parece ser, entonces, que la judería internacional no constituye una Nación en el sentido sionista. Esto podría haber indicado el fracaso del experimento si mientras tanto no hubiera pasado algo: una nueva Nación se creó en Palestina. 
      Si se transfieren cientos de miles de personas a una tierra extraña, con un nuevo clima y paisaje, donde se habla un idioma resucitado y estas personas responden en forma adecuada a los cambios físicos y políticos, se crean las condiciones para el surgimiento de una nueva sociedad. Si a ésta se le da un sentido de unidad y destino político se convierte en una nueva Nación. Es lo que sucedió en EE.UU., Australia, Brasil y otros países. Y es lo que ocurrió en Palestina. ¿Qué es una Nación? Más allá de las consabidas definiciones sobre el territorio común, su cultura y economía, podemos tentativamente responder diciendo que es un grupo de personas que creen pertenecer a la misma, tienen un destino político común, se identifican con un Estado Político, pagan sus impuestos, sirven en su Ejército, trabajan por su futuro, comparten su destino, y si es necesario mueren por ella. En este sentido los que viven en Israel constituyen una Nación irrevocablemente y sin duda alguna. Según los Nacionalistas Hebreos la Nación Israelí los abarca a todos, pero no incluye a los judíos de Brooklyn, París o Bucarest por ej., aunque sientan afinidad y simpaticen y colaboren con Israel.
      Así es como se puede comprobar como dato curioso, que el Sabra (nacido en Israel), robusto, alto, a menudo de cabellos negros y ojos azules, es aun físicamente distinto de sus antecesores judíos, como el australiano o el norteamericano medio son diferentes de sus tatarabuelos ingleses. Es significativo que los israelíes en su moderno hebreo diario inconscientemente usen la palabra “judío” cuando se refieren a los judíos extranjeros, o a los nuevos inmigrantes o a la religión, y utilicen la palabra “hebreo” para todo lo que se refiera a sí mismos: nunca hablamos del ejército, nación, establecimiento o el trabajo judío, sino del ejército, la nación, el establecimiento o el trabajo hebreoSomos una nueva Nación, la nación hebrea, cuya tierra es Palestina [a la que llamamos Eretz-Israel] y cuya creación política es el Estado de Israel… Hay solidaridad, hay afinidad, pero el Judaísmo mundial no constituye una Nación y sí los Hebreos israelíes” (Uri Avnery: “Israel sin Sionistas”; Ediciones de la Flor S.R.L.; Baires, 1970. En la época en que Uri Avnery escribió este libro, era Diputado a la Knésset, el Parlamento Israelí).
      De esta manera vemos que el Sionismo creó algo que nunca intentó hacer conscientemente: una nueva Nación. Y en el momento de su triunfo, se ha vuelto obsoleto; al obtener sus fines sentó las bases de su propia negación. Y esto hace posible un enfoque completamente diferente del problema árabe-israelí. Pero una ideología no es un conjunto de ideas que se pueda cambiar con facilidad. Está unida a vastos intereses en diferentes niveles: las Instituciones sociales con sus huestes de Funcionarios, así como las Empresas Económicas se basan en la Ideología; los Partidos Políticos, al luchar por las ventajas que les confiere el Poder, perpetúan doctrinas en las que se han basado en su nacimiento. Y esto es particularmente cierto en Israel, cuyos Partidos Políticos fueron fundados en Europa aun antes de que sus Líderes vinieran a Palestina. Es natural que un Régimen Político que debe su fuerza al Sionismo de su período heroico, no quiera abandonar el Poder fácilmente. La superestructura política e ideológica Sionista tiene por lo tanto una influencia muy poderosa en Israel. Y para el Sionismo los árabes no quieren la paz de ninguna forma y solo queda luchar contra ellos aplicando toda la fuerza.
       Porque los Dogmas Fundamentales del Sionismo son los siguientes: 1) Todos los judíos del mundo constituyen una Nación; 2) Israel es un Estado Judío, creado por los judíos que fueron a Palestina y por los que están en el resto del mundo; 3) La dispersión es un hecho temporario y tarde o temprano todos los judíos irán a Israel, aunque más no sea empujados por la persecución antisemita; 4) Dar refugio a esos exiliados es la razón de ser de Israel, el objetivo primario al cual todos los demás deben ajustarse.- Estos lineamientos se enseñan en las escuelas  israelíes, se proponen en los discursos políticos, se inscriben en la Prensa. Hasta ahora son la esencia del Régimen existente. Sin embargo, lo que creen las nuevas generaciones es algo completamente distinto. Tienen una visión diferente, un Nacionalismo puro y simple, a veces moderado y a veces extremo, pero similar a cualquier otro nacionalismo, ligado a la suerte del Estado de Israel, su territorio, lenguaje, cultura y ejército. Y ambos ideales pueden coexistir porque la diferencia entre ellos rara vez se hace patente; pero es real, y tiene una influencia profunda, aunque escondida, en la conducta diaria. Para los Sionistas un judío es un judío, cualquiera sea el lugar de donde provenga, sea cual fuere su lengua materna, el concepto de judío supera toda otra consideración. La Declaración de la Independencia, promulgada el 14 de Junio de 1948, proclama que Israel es un Estado Judío y esto está encajado en su estructura legal. Pero aquí surge la pregunta: ¿qué es ser judío? ¿quién es judío? No existe una definición legal, por tanto no puede haber ninguna definición que no sea más que religiosa porque a través de los tiempos, los judíos eran una comunidad religiosa. En efecto, las Cortes de Israel decidieron que una persona deja de ser judía si adopta otra religión”, lo que muestra claramente que ser judío es básicamente una cuestión religiosa; e irónicamente, pocos pueblos son tan poco religiosos como el de Israel, pero en muy pocos países la Religión Organizada tiene tanto Poder. Todos los aspectos de la vida en Israel están condicionados e inficionados por la Religión: desde la observancia del Sábado y demás feriados hasta, por ejemplo, el hecho de que para la Ley israelí no hay ni matrimonio ni divorcio civiles estando confiados estos asuntos al Rabinato, y que un judío no se puede casar con una cristiana o una musulmana; la Ley prohíbe la crianza de cerdos en todo el país etc. Es una situación con muchas paradojas, controversias y choques, pero la gente acepta el hecho como natural e inevitable, forzada por el concepto de unicidad de Nación y Religión impuesta o imbuida por el Sionismo. Debido a esto ninguno de los grandes y antiguos Partidos Políticos propone la separación entre la Sinagoga y el Estado para hacer de Israel una República secular; todos ellos declaran que el Estado y la Religión son una cosa única en el caso especial de Israel.
       La idea de un Estado Judío homogéneo es inherente al Sionismo que piensa que un Estado que existe para dar solución al problema judío debe estar habitado por judíos. Cualquier persona no-judía es un elemento extraño en el actual Régimen Israelí. Los inmigrantes no-judíos, aún las esposas no-judías de judíos inmigrantes encuentran grandes obstáculos para su aceptación en la sociedad israelí. Pero en esto el Sionismo y el Nacionalismo Hebreo no están de acuerdo: el israelí medio siente que en los tiempos actuales debería ser fácil integrarse en una Nación y debería ser bienvenido. Para un Sionista esta idea es inaceptable: sólo puede convertirse en judío cumpliendo una ceremonia religiosa, la circuncisión en los varones, la inmersión en agua en un baño religioso para las mujeres, con todos los ritos correspondientes. Y la idea de un Estado judío homogéneo tiene graves consecuencias para los árabes, porque no fue solamente por un problema de seguridad y alineamiento político que a Israel le fue imposible integrar a los 300.000 árabes que vivían allí antes de la guerra de 1948; fue mucho más eficaz la convicción de los viejos sionistas acerca de que los árabes nunca formarían parte en realidad de un Estado que es judío; y para quien tenga esta convicción, la idea de repatriar a los refugiados árabes y aumentar su población es totalmente ridícula. Pero no es sólo el miedo a una mayoría árabe lo que empuja a los sionistas a oponerse a la vuelta de los refugiados, sino el profundo sentimiento, a menudo inconsciente, de que los judíos deben permanecer solos en su Estado, que Israel debe continuar homogéneamente judío y que la minoría árabe, ya que es inevitable, debe ser reducida al mínimo. Y, en verdad, observando los amplios problemas de la relación árabe-israelí, se hace evidente la fisura entre la filosofía sionista y un sano y normal nacionalismo hebreo.  Y nosotros creemos que la filosofía sionista influye de manera destructiva sobre la propia mentalidad judía, porque como los Sionistas consideran que Israel es la cabeza del judaísmo mundial y creen que éste tiene una reserva inagotable de Poder y Dinero, otorgan una importancia básica a las relaciones entre Israel y los judíos del extranjero, en especial los Occidentales, mientras descuidan las que deben tener con el Mundo Árabe. Una negligencia semejante en los problemas árabe-israelíes sería imposible concebir después de todo lo que ha pasado, si no fuera por la imagen sionista de un Israel orientado hacia el Judaísmo Occidental y a Occidente en general. De todos los legados que el Sionismo dejó al Estado de Israel, consideramos que éste es el más negativo y peligroso. Pero creemos firmemente que la nueva generación hebrea tiene que tener necesariamente una visión distinta de su lugar en el mundo a esta altura de los acontecimientos. Y la superación del Sionismo por un fuerte y sano Nacionalismo Hebreo es imprescindible e inevitable, pues el Nacionalismo Republicano simplemente significa que en el mundo contemporáneo los individuos, excepto quizás un puñado de genios internacionalistas”, se manejan dentro de una estructura política y cultural NACIONAL. En su mejor sentido, el Nacionalismo, al defender sus derechos reconoce el de los otros. Se convierte en destructivo solamente en sus exageraciones, en sus formas chauvinistas Imperialistas o Fascistas, que tratan de suprimir a otras naciones.
       Y es necesario que así sea pues Israel no puede permanecer indefinidamente aislado y como un “luchador de árabes” (como antes en el Oeste Norteamericano existían los “luchadores de indios”) si no quiere correr la misma suerte de los Cruzados. Éstos permanecieron doscientos años en Palestina pero terminaron mal: después de luchar sin tregua durante ocho generaciones fueron, literalmente, arrojados al mar. Los mismos árabes gustan de comparar a los Sionistas con los Cruzados olvidando que la historia no se repite de forma tan mecánica, pero, sin embargo, la analogía entre Israel y el “Reino de Jerusalén” es interesante de considerar, tanto por los parecidos como por las diferencias que revela. Al respecto es importante leer la excelente “Historia de las Cruzadas” de Steven Runciman (“Historia de las Cruzadas”; Alianza Editorial; España, 2008. 972 págs. Edición original realizada en 1954 en tres volúmenes distintos: La Primera Cruzada y la Fundación del Reino de Jerusalén; El Reino de Jerusalén y el Oriente Franco; y,  El Reino de Acre y las Últimas Cruzadas). Por ejemplo, al llegar al Capítulo sobre las fortificaciones que construyeron los Cruzados frente a la faja de Gaza para defender su Reino contra los Egipcios, recordamos que el Ejército de Israel había también ocupado las mismas posiciones. Es que las similitudes son verdaderamente llamativas: el movimiento de los Cruzados, como el Sionista, constituyó una Revolución tan profunda, de tan largo alcance, que desafía toda explicación racional. Los Cruzados, como los Sionistas, hacen reflexionar acerca de qué induce a la gente a abandonar bruscamente sus hogares, su cómoda vida, y marchar a través de miles de kilómetros entre peligros innumerables, hacia un país distante y hostil, para vivir allí una lucha sin fin, combatiendo contra enfermedades desconocidas y enemigos implacables. Así, los Cruzados tuvieron su “Teodoro Herzl” en el Papa Urbano II; su “Primer Congreso Sionista” fue el Concilio de Clermont en Noviembre de 1095, 802 años antes del encuentro histórico de Basilea; el grito “Dios lo quiere” semeja el de “Adelante, hijos de Jacob” que fue el slogan de la primera Aliá sionista. Sin embargo, había una diferencia significativa en los objetivos conscientes de ambos movimientos: los Cruzados fueron a Palestina a rescatar la “Tierra Santa” de manos de los infieles y una vez recuperados los lugares sagrados el establecimiento en esa tierra fue sólo incidental y tuvo el objeto de cuidarlos y protegerlos, y fue anti-Musulmán. El Sionismo, por el contrario, fue fundamentalmente un movimiento colonizador; la lucha contra los árabes fue solamente incidental y totalmente inesperada, porque los Sionistas pensaron que Palestina estaba desértica y desocupada; en cambio, los Cruzados fueron allí porque sabían que estaba ocupada. Pero estas diferentes motivaciones no condujeron a resultados distintos: quisieran o no la guerra, ambos movimientos tuvieron que luchar, establecerse en la zona y cuidar sus posiciones.
      Pero estas diferencias, aunque puedan ser importantes, son despreciables comparadas con la extraordinaria similitud en la dirección general de los dos movimientos: igual que Israel, el Estado de los Cruzados o “Reino Latino de Jerusalén” tuvo problemas con diversos elementos de la población: la Clase Dirigente Europea (Frankish para los Cruzados o Ashkenasi para los Israelíes); los miembros nativos del Estado (los Poulains como eran llamados los cristianos orientales, o los Sefarditas como en Israel se denomina a los judíos orientales hoy en día) y la población nativa musulmana que ha quedado dentro de las fronteras del nuevo Estado sin pertenecer en realidad a él. Como los Israelíes, los Cruzados se distinguían en la guerra, sabiendo que su seguridad estaba basada en la rapidez para responder al ataque enemigo. Como el “reino” de la Estrella de David, el reino de la Cruz continuó expandiéndose a través de guerras, aún mucho después de haberse establecido originariamente. En la época de su mayor esplendor el Estado de los Cruzados controló un área mucho mayor que la dominada por Israel aun después de la guerra de 1967: incluía la totalidad del área marítima de Siria y El Líbano, la porción oriental de Turquía y por lo menos una parte de las tierras de Transjordania. Y así como muchos israelíes consideran que han establecido una base para todo el pueblo judío y califican a los otros judíos como desertores, los Cruzados se valoraban a sí mismos como la “vanguardia de la Cristiandad” y que luchaban por todos los cristianos del mundo.  Aquella profunda preocupación de los judíos de todas partes por el destino de Israel durante la guerra de 1967 era similar a las olas de ansiedad que sacudían Europa cada vez que el Reino de Jerusalén estaba en peligro. Esta relación formó en ambos casos la base de la economía: el Reino de Jerusalén dependía de un continuo y enorme flujo de capitales de Europa bajo la forma de donaciones, transferencias de origen religioso o seglar, limosnas e impuestos a los peregrinos. Toda Europa se convirtió en una especie de campaña unida de ayuda, así como la Judería Mundial para Israel. La colonización siguió un modelo asombrosamente similar: si los “Kibutzim” fueron una creación única del Sionismo, también fueron las grandes “Órdenes Militares” una invención de los Cruzados: una fortaleza dominada por los “Caballeros Templarios” u “Hospitalarios” se establecía profundamente en territorio árabe, tal como los “Kibutzim” israelíes de la frontera; alrededor del Castillo y con fines de defensa establecimientos individuales iban creando lentamente el modelo de colonización; y algunos de los pueblos parecen haber tenido formas de organización cooperativa, como los modernos “moshavim” israelíes. Para completar la analogía volvamos a Runciman y su “Historia de las Cruzadas”: “El Estado de los Cruzados se encontraba atrapado permanentemente en las garras de un dilema. Fue fundado por una ola de fervor religioso y un hambre de tierra aventurera. Pero para poder durar en forma permanente no debía depender de un refuerzo de hombres y dinero del Oeste. Debía justificar su existencia autoabasteciéndose económicamente. Esto sólo podía suceder si llegaba a un acuerdo con sus vecinos. Si eran amistosos y prósperos, el Estado también podría prosperar. Pero buscar la amistad de los musulmanes parecía una traición completa a los ideales de los Cruzados; y los Musulmanes por su parte nunca podían adaptarse a la idea de la presencia de un Estado extraño e invasor en tierras que consideraban como propias… Los Cruzados cometieron muchos errores. Su política fue a menudo cambiante y hesitante. Pero no se les puede echar enteramente la culpa por no poder resolver un problema que, en realidad, no tenía solución”.(S. Runciman: op. cit., pag. 894. Las negritas y bastardillas son nuestras.). Sin embargo, Runciman explica que aun entre los Caballeros de la Cruz surgió un “partido” que propugnaba la integración del Reino en el Medio Oriente, que quería convertir el Estado Cruzado “en un aliado del mundo Árabe”. La misma idea básica, actualmente auspiciada por los Nacionalistas Hebreos en Israel, parece tener mucha mayor probabilidad de éxito. No deben olvidar los Sionistas que dominan Israel que el “Reino Latino de Jerusalén” fue condenado por haber confiado solamente en su “organización militar superior y en su valor” y oscurecieron los problemas reales que determinaron su destino a largo plazo. Estos mismos problemas son válidos hoy en el contexto israelí; porque toda seguridad sólo puede ser temporaria sin una preparación mental, ideológica, para aceptar convertirse en parte del Medio Oriente, sin una política destinada a asegurarse la aceptación de los habitantes de la zona.
                                             Conclusión.
        En todo el Medio Oriente persiste la ingenua convicción de que el conflicto se ha creado de alguna manera tortuosa por la acción del imperialismo Británico y la intervención Norteamericana, y que si así no hubiera sucedido, todos vivirían felices. Ésta es una visión superficial; como ya hemos relatado, el “círculo vicioso” se creó por el choque de dos auténticos Movimientos históricos. Y la intervención extranjera ha influido en esta situación, pero no la ha creado. Si estas influencias fueran eliminadas mañana, el conflicto igual seguiría su curso. La solución, entonces, debe ser encontrada por ambas partes entre sí.
       Algunos ideólogos del Nacionalismo Hebreo proponen el establecimiento de una Federación entre Israel y una nueva República de Palestina a crearse, lo cual, junto con el restablecimiento de los refugiados, puede ser hecho por Israel en cooperación con los Árabes Palestinos, independientemente de cualquier contacto oficial entre Israel y los Estados Árabes. La segunda parte de la solución, más ambiciosa, sería una “Unión Semita”, una gran Confederación de todos los Estados de la zona.  Esto es porque no es concebible la Federación Palestinense como una sustitución de una paz general árabe-israelí; por el contrario, esa paz sería más fácil de lograr cuando se arregle el problema palestino por mutuo consentimiento porque este problema es a la vez la razón y el pretexto de la actitud beligerante de las Naciones Árabes hacia Israel; por eso, una solución en Palestina es un prerrequisito para cualquier arreglo general de paz semítico, y a la vez, la paz semita es imprescindible para que la solución en Palestina tenga sentido y permanencia. Y esa paz no puede y no debe contradecir las aspiraciones nacionales tanto de los hebreos como de los árabes. Y nosotros creemos que el Nacionalismo Republicano reinará en forma suprema entre las nuevas generaciones de todos los países del área y nada podrá detenerlo. Cualquier idea, aunque esté bien inspirada, que atente contra los sentimientos nacionales de los pueblos afectados, será superada por el ímpetu de la historia. Los dos Movimientos Nacionalistas pueden ser combinados en un gran Movimiento Regional de Liberación y progreso: un ideal que combine a los dos nacionalismos, un ideal con el que los dos nacionalismos de ambas partes se puedan identificar.
       Para Israel, formar parte de una gran confederación semita significaría terminar con la etapa Sionista de su historia y comenzar una nueva: la de un Estado integrante de su región, en la que juegue un gran papel por su potencia, unidad y progreso. Para los Árabes, implicaría el reconocimiento de un Israel post-sionista como parte de la región, parte que no se puede ni se debe destruir, porque en su nueva forma es un factor más en la lucha por el bienestar común. La existencia de Israel como Estado soberano es el punto de partida para cualquier arreglo, así como la legitimidad de los derechos y aspiraciones de la Nación Palestina y todos los demás pueblos árabes. Sabemos que el camino que esbozamos será aún largo y difícil, e implica también la superación del extremismo Wahabista Sunita y el Chiismo Persa violentamente antijudío. Pero, como dice el antiguo proverbio Chino: “una marcha de miles de kilómetros, empieza con el primer paso”.-
                                                   FUENTES
             Además de las ya citadas, son:
1)   Enciclopedia Británica:Última Edición”.-
2)   Eric Hobsbawm:Naciones y nacionalismo desde 1780”; Crítica, 2004.-
3)   A.R. Taylor: “Vision and intent in Zionist Thought, en The transformation of Palestine”; I. Abu-Lughod (ed.), 1971.-
4)   Ernest Gellner:  Nations and Nationalism ; Cornell University Press, 1983.-
6)    T. Fraser: “The Arab-Israeli Conflict”; Palgrave McMillan, 2004.-
7)    Joan B.Culla: La tierra más disputada: el sionismo, Israel y el conflicto de Palestina”; Alianza Editorial S.A., 2005.- 
       8) Dos pueblos, Dos Estados:Conversaciones con Uri Avnery”; prefacio de Rudolf Augstein, 193 p., Palmyra Verlag, 1999.-

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