domingo, 13 de abril de 2014

NUEVO ORDEN MUNDIAL.




              LA INSERCIÓN DEL PARAGUAY EN EL
              NUEVO ORDEN MUNDIAL.

              1.- EL “NUEVO ORDEN MUNDIAL”.

         El estandarte del Caballo Blanco siempre ondeó libre,
                       desplegado por las hordas de Hengist;
                       en tierras y en mares
              no ha cambiado nada de lo que conmueve al mundo.
                       No me rindo a un Imperio.
                       Guardo mi camino para un Rey: mi pueblo.
                       No me inclino ante la triple corona,
                       pero esto…es algo distinto.
                       No lucharé contra los poderes celestiales.
                       ¡Centinela, hazlo pasar!
              Que descienda el puente levadizo: llega el señor.
                        El soñador cuyos sueños se hacen realidad.
                       Rudyard Kipling: “El Emperador”.
                       ……………………………………….

               En plena época de los ’90, el siglo XXI se nos aparecía al filo de un escenario que ha cambiado como nunca lo habríamos pensado. Al autoaniquilamiento de la vieja Europa, tras la etapa totalitaria de variado cuño que terminó con la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, siguió la “Guerra Fría” y la “Coexistencia Pacífica” que terminara con la “implosión” del totalitarismo remanente que estábamos viendo en completa derrota con el rápido y dramático proceso de la “Des-Revolución” Rusa. El fin de la tensión bipolar había dejado con una “victoria pírrica” al ex principal contendiente occidental si considerábamos su manifiesta debilidad económica comparada a su potencia militar. Y con Japón emergiendo como excepción al dominio occidental en el Extremo Oriente liderando a los “tigres del Asia”, ahora la irrupción de China, más la evidencia de la posibilidad de construirse el sueño del visionario Charles de Gaulle: una Europa “unida del Atlántico a los Urales”, la perspectiva de reconstrucción multipolar en el “privilegiado Norte” del planeta, deviene ya en una realidad presente.
               Como ya lo dijimos, se está comprobando una “mutación civilatoria” por la aceleración de la “Revolución Científico-Tecnológica” –en las naciones del 1er. Mundo –que está modificando radicalmente la producción, el modo de realizarla y su cantidad y calidad, cambiando incluso las relaciones de producción, lo que a la vez conlleva paralelamente una auténtica revolución cultural, que ineluctablemente se extenderá a las sociedades agrícolas mudándolas hacia una sociedad global urbana, industrial y tecnocrática, en un nuevo tipo de civilización planetaria y ecuménica, que se propagará cada vez más rápidamente.
               Nuestro mundo planetario, aunque profundamente inarmónico y muy desajustado por la presencia en su seno del subdesarrollo del ochenta por ciento de la humanidad en el Sur, camina, sin embargo, hacia una unificación más consciente y más lúcida, y aunque el Norte desarrollado conduzca lo esencial de este proceso, no le será ya posible ignorar impunemente la aspiración de todos los pueblos al desarrollo y la prosperidad que es el “nuevo nombre de la paz”. Y el Occidente actual, acreedor aún de valores vitales, se autoaniquilaría una vez más, si no se llegara a convertir a una visión más universal del futuro que la que aún detenta, y si ella no siguiera un proceso operativo de más equidad a favor del “Bien Común” de todos los pueblos. La respuesta a estas proposiciones pareciera haber comenzado a esbozarse con la formulación del “Nuevo Orden Mundial”, que será el tema que desarrollaremos a continuación.
                                            
                                         2.- LA TRILATERALIDAD.

               También llamada “Tripolaridad” por algunos cientistas políticos, revela la configuración de tres importantes bloques regionales neoeconómicos: el bloque Americano encabezado por EE.UU. y Canadá; el bloque Europeo con la Comunidad Europea a la cabeza, y el bloque Asiático de los “tigres del Asia” liderado por Japón antes y ahora por China. El surgimiento de estos bloques también nos demuestra que la bipolaridad estratégica del terror nuclear ha sido reemplazada por la tripolaridad económica, un proceso que puede llevar a superar los conflictos basados en las exigencias de la seguridad nacional y la superioridad militar, pero también desembocar en una cada vez más acentuada competencia económica, capaz de resultar en auténticas “guerras comerciales”.
               Es interesante examinar cómo el acelerado desarrollo económico, acentuado por la revolución científico-tecnológica, más el derrumbe del competidor socialista, ha convertido la trilateralidad en una cada vez más terrible rivalidad , que poco evoca aquella “Comisión Trilateral”, creada allá por 1973 y que deseamos historiar brevemente como ilustración de la evolución del hoy triunfante capitalismo occidental.
               La Comisión Trilateral apareció en el escenario mundial al principio como un  proyecto Rockefelleriano y con el objetivo de ofrecer respuestas, dentro del capitalismo, a los problemas económicos y sociales de la época, sin perder las tradicionales posiciones de fuerza. Es decir, se intentaban trilateralizar las decisiones del capitalismo industrial en una etapa de transformación y transnacionalización de la economía. La Comisión Trilateral se ideó como un centro de investigaciones de los EE.UU., Canadá, Europa Occidental y Japón, planteándose una posibilidad fáctica: la de vincular en un nuevo organismo las políticas del capitalismo trilateral. En su sentido estricto, representaba el primer intento de racionalizar y superar la función que hasta entonces cumplían una serie de organismos privados en la cima del poder económico y en sus relaciones con el Establishment político. En la Comisión reaparecían grupos y hombres, intereses y clases, con un propósito definido: diseñar el proyecto del capitalismo tecnológico y científico en una etapa crítica de la economía mundial y con la convicción de que los EE.UU. ya no podían actuar aislados; necesitaban alianzas a tenor de los indiscutibles cambios de las sociedades contemporáneas.
               Pero lo importante del “Trilateralismo” es que no solamente contribuyó a una dirección adecuada del capitalismo occidental, sino que su ideología impregna aún hoy día, toda la política imperial del único poder universal que queda. Esa ideología está saturada de MORAL Y DEMOCRACIA LIBERAL con un Estado mínimo pero fuerte, que impida la caída en una democracia ingobernable. Y la moral es una racionalización de las necesidades del capitalismo científico-tecnológico, que ha condenado, por esa causa, “la corrupción que debilita el papel internacional de las empresas, mina los argumentos a favor del mercado libre y amenaza los valores esenciales de la democracia”, como reza una declaración de la Comisión Trilateral realizada luego de su reunión internacional en Ottawa el 11 de Mayo de 1976; ideología completada con el objetivo de la coordinación y organización de la “globalidad”, como lo expresara gráficamente por aquélla época, Zbinew Brzezinski, el célebre Consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, “…el espectro de una América aislada y en un mundo hostil es rechazable. El deseo de un nuevo orden económico mundial es revelador de un estado de espíritu generalizado. Todo ello exige que América se comprometa y de una manera cooperativa, en las nuevas relaciones globales a despecho y a causa, a un mismo tiempo, de las pasiones crecientes que se derivan de la lucha por un igualitarismo global…”.
               Y en el marco de esta globalidad, regida por un poder militar unipolar, hemos recordado a la “Comisión Trilateral” porque aunque muchos autores sostuvieron que las tres grandes potencias se encaminaban a una fase de conflictos económicos, la historia de la Comisión nos señala que, en las últimas décadas, esos tres grandes actores de la economía mundial fueron estrechos aliados políticos y económicos, de la cual alianza quedan todavía importantes mecanismos de cooperación, coordinación y colaboración recíprocos en las áreas más diversas; y tampoco debemos olvidar que la interdependencia entre los sistemas financieros y empresas multinacionales de las tres regiones actúa positivamente en la perspectiva de entendimiento en sentido general. Al respecto decía, allá por los ’90, Luciano Tomassini –Director General del programa de estudios conjuntos sobre relaciones internacionales de América Latina– sobre las principales tendencias que presentan las relaciones políticas y económicas internacionales: “…Entre las primeras (políticas) se cuentan la presencia global adquirida en los últimos cincuenta años por los EE.UU., la posición de Japón como acreedor, exportador y difusor de nuevas tecnologías a nivel mundial, y la evidente motivación de los países Europeos de utilizar su unidad para recobrar liderazgo en el plano internacional. En el plano económico, esta alternativa es incongruente (se refiere al conflicto) con el nivel de interdependencia alcanzado a nivel global, con la tendencia a la redistribución de ventajas compartidas y a la creciente división del ciclo productivo, con la creciente interpenetración de los mercados, con la importancia y la volatilidad que ha adquirido el cambio tecnológico como factor protagónico del crecimiento económico y con la autonomía que han adquirido los movimientos de capital, es decir, la economía simbólica, en comparación con la evolución experimentada en el plano de la economía real “.
               Pero, a despecho de la historia y de todas estas razones, persiste el interrogante de si será tan fácil, en este siglo XXI, evolucionar rápidamente de tantos años de hegemonía norteamericana en todos los planos, a una “entente cordiale” y coparticipación en la toma de decisiones entre los “tres grandes”, a los que hay que incluir al gigante chino, máxime si atendemos a lo que expresó el célebre profesor de la Facultad de Administración de Empresas de Harvard: Michael Porter, que frente a la supuesta “redistribución de las ventajas comparativas”, se está imponiendo la situación de rivalidad, habilidad y suficiencia de “las ventajas competitivas de las naciones”, en su libro homónimo.
               Porque, los hechos son claros: primera sociedad post-industrial de la tierra, los EE.UU. han seguido, sin embargo, en la post-guerra, un proceso regresivo y declinante: con el 5% de la población del mundo, controlaban, en 1944, el 50% del P.N.B mundial, que en la actualidad se ha reducido al 20%, mientras la participación del comercio internacional en la economía norteamericana se triplicaba y EE.UU. requiere, cada vez más, de capitales extranjeros para financiar sus déficit externos, su tasa de crecimiento ha sido superada desde hace más de 30 años por las economías de Europa y los “tigres del Asia”. Todo lo cual lo convierte en un Estado que ostenta, por un lado, la única capacidad estratégico-militar de superpotencia, y por el otro, bastante vulnerable y menos influyente en la economía mundial. Esto nos lleva a nuestro siguiente acápite, muy importante para luego ubicar a América Latina en el juego del “Nuevo orden mundial”.

        3.- LA CRISIS DE LA ECONOMÍA NORTEAMERICANA.

                  Desde 1986 hasta 1996 la Administración de los Estados Unidos tenía el déficit más grande de la historia de un país. La autoridad económica aumentó su deuda en esos años en 221.000 millones de dólares, excediendo lo que se pidió prestado durante unseptenio para financiar el esfuerzo bélico de la
segunda guerra mundial. Tan grande era el déficit, que –al decir de un destacado economista estadounidense– la Administración no sólo pidió a los norteamericanos ricos, sino también a los japoneses, los alemanes, los ingleses, los canadienses, los árabes, los holandeses, los taiwaneses y los coreanos ricos.
               EE.UU. estaba (y ahora otra vez está) sufriendo una paulatina pauperización de la clase media, que siempre ha sido el soporte de su sistema, donde a los que forman parte de ella, después de pagar sus impuestos, financiar la educación de sus hijos, y abonar el servicio de deuda de sus tarjetas de crédito, no les quedaba mucho para ahorrar, lo que hacía que la tasa de ahorro haya sido entonces la más baja de su historia, inferior a un cuatro por ciento. Los consumidores y las sociedades de derecho público debían más de 10 billones de dólares; en cuanto al endeudamiento interior de la autoridad Federal, para 1988 debía dos billones y medio y seguía tomando prestado a razón de 200.000 millones al año. Así, si nadie ahorraba. ¿cómo el país iba a invertir en su futuro y continuar su crecimiento?
               En cuanto a la deuda exterior, los EE.UU. se habían convertido en deudores netos con respecto al resto del mundo. Después de 1984, último año en que fueron acreedores netos, los EE.UU. llegaron a deber en sólo tres años, para 1987, casi medio billón de dólares, lo que superaba la deuda conjunta de México, Brasil y Argentina; y el endeudamiento exterior ha ido aumentando al ritmo de 150.000 millones de dólares anuales con lo que, para ese año, ya había rebasado el tope de ½ billón de dólares. La tasa de ahorro norteamericana, que es hasta ahora una de las más bajas del mundo, era –y es hoy día– demasiado pequeña para financiar el déficit del presupuesto federal, y si a eso sumamos el déficit comercial, el de la balanza de pagos y la crisis de los mercados de valores, podemos comprender que hoy por hoy, el dólar es el talón de Aquiles del mundo capitalista triunfante en su confrontación con el “socialismo real”, ¡vaya contradicción, preñada de grávidas consecuencias! Y mientras el mundo se recomponía sobre las ruinas del socialismo, el sostén de occidente, el segundo auténtico imperio universal de la historia –después del Romano– veía dispararse la inflación y el desempleo, el continuado aumento de impuestos y el deterioro creciente de su nivel de vida, que provocaron la derrota y caída del “Presidente Imperial” George Bush padre.(1)
               Pero, a partir de entonces, y a raíz de grandes cambios estructurales, la economía norteamericana redujo el déficit fiscal a cero y el nivel de desempleo a 4,5% para el año 2.000 y se volvió la más productiva del mundo, pero a un enorme costo social y teniendo siempre un gran déficit Comercial y de Balanza de Pagos. En efecto, nada permaneció como antes en la economía de los EE.UU. Para aumentar la productividad y comprimir los costos, los grandes conglomerados de empresas pasaron a adoptar una sola estrategia: racionalización y reducción de la hoja de pagos.
               “Downsizing” (disminución de tamaño), “outsourcing” (contratación de proveedores externos o tercerización) y “reengineering” (reingeniería o reestructuración interna) son los métodos con los cuales casi todos los empleados americanos se vieron confrontados. El resultado pareció justificar el sacrificio. Diez años después de los grandes cambios, los EE.UU. tenían “la economía más productiva del mundo” conforme a la revista “Business Week” de fines de 1995. El Gobierno también exultaba; la economía americana “está tan bien como hace treinta años no acontecía”, repetía insistentemente el entonces Presidente Clinton en 1996 durante su campaña electoral para su reelección. Y las estadísticas estaban a su favor: habían surgido más empleos que los que fueron perdidos, casi 10 millones de puestos de trabajo, o sea 210.000 por mes; la tasa de desempleo de 5,3% era inferior a los demás países de la OCDE (2).
               Efectivamente, los EE.UU. retomaron la delantera. Mas sus ciudadanos necesitaban pagar amargamente por eso: el país más productivo y rico del mundo convirtiose en el país de los salarios más bajos de la economía mundial. Ahora las ventajas de abrir empresas en Norteamérica ya no eran encontradas en su grande mercado interno o en sus científicos brillantes, sino en mano de obra barata. Más de la mitad de la población fue afectada por la pérdida salarial, nuevo modelo americano para enfrentar la competencia. En 1999, el 80% de todos los empleados y obreros masculinos del país estaban ganando, por hora de trabajo, 11% menos que en 1973; para la mayoría, por lo tanto, hace dos décadas que el nivel de vida efectivo está decayendo(3). En realidad, éste es precisamente el consejo que ofrecían los seguidores del comercio libre a los trabajadores norteamericanos: “en una economía mundial” –dijeron– “ustedes tienen que estar más capacitados, trabajar más, y probablemente aceptar una reducción salarial”(4).  El lema es: “Tenemos que ahorrar más, invertir más, ser más productivos y competitivos en los mercados mundiales”; hasta aquí todo bien, pero, dice el economista de renombre mundial Ravi Batra: “Nada importa que en nuestra sociedad acosada por el delito y el divorcio, agobiada por las deudas y remisa a pagar sus impuestos, estas sugerencias resulten quijotescas y por lo tanto inútiles. ¿Cuál es el objetivo de concentrarse en las exportaciones si esta estrategia impone salarios miserables? Las exportaciones de Estados Unidos se han duplicado durante los años noventa, pero los salarios reales continúan en baja”(5).
               Otrora, John Kennedy, Presidente en los dorados años ’60, con la expectativa de la creciente prosperidad de las masas, dijo: “Si la marea sube, todos los barcos en el agua también subirán”. Pero con la onda de liberalización y desregulación de la era Reagan se produjo una forma de economía para la cual esa metáfora ya no es válida. Es verdad que también entre 1973 y 1998 la “renta per cápita” de los americanos creció un tercio; pero al mismo tiempo los salarios brutos para todos los empleados sin funciones de liderazgo, o sea para el 75% de la población trabajadora, cayeron un 19% quedando reducidos a 258 dólares por semana. Esto es la media estadística, pero para el tercio inferior de la pirámide remunerada la pérdida salarial fue más drástica: son millares de personas recibiendo 25% menos que hace veinte años. Pero esto no quiere decir que la sociedad americana está más pobre que antes, sólo que será más desigualmente distribuida: así hoy por hoy, cerca de medio millón de super-ricos poseen un tercio de todo el patrimonio particular de los EE.UU. y, por otra parte, el americano medio contratado precisa trabajar más horas que la mayoría de sus colegas de Europa, goza de menor protección de seguro social y necesita cambiar de local de trabajo y de domicilio con frecuencia mayor, pues la modalidad que está imperando es el de los “empleos temporarios”, pues desde la época de los ’90, el mayor empleador de los Estados Unidos ya no se llama “GENERAL MOTORS”, AT&T o IBM, sino la empresa MANPOWER proveedora de mano de obra temporaria. Tal es en descarnada síntesis el “nuevo milagro americano”, que muchos quieren copiar para nuestra América Latina. Y, sin embargo, a pesar de los ajustes, actualmente los EE.UU. atraviesan por la que los expertos consideran su peor recesión desde la “gran Depresión” de 1930.
                      
        4.- AMÉRICA LATINA Y EL FIN DE LA GUERRA FRÍA.

               América Latina ha perdido y ganado a la vez con la terminación de la guerra fría y el fin de la “amenaza comunista”. ¿Qué ha perdido nuestro sub-continente? En primer lugar, la posibilidad de “jugar” con la rivalidad de los grandes centros de poder, enfrentados en una “lucha” de ribetes “ajedrecísticos” para avanzar sus “piezas” y ganar otras en el tablero mundial de influencia. Al terminar la bipolaridad, nuestra importancia geopolítica decrece, y ya no es necesario “adular” y estimular a los gobiernos y factores de presión locales para defender con más vigor el “mundo occidental y cristiano”; por tanto, disminuye sustancialmente la capacidad latinoamericana de colocar en el tope de la agenda de prioridades internacionales sus urgencias e intereses propios; ya no es posible regatear el apoyo a tal o cual línea de acción política que tantos dividendos dio a diversos gobiernos que no supieron aprovecharlas en toda su magnitud y que permitió a líderes de tan diversa extracción y catadura como Fidel Castro y Alfredo Stroessner mantenerse tantos años en el poder.
                 Pareciera que América Latina ha quedado al margen de las zonas de interés geopolítico en este juego de suma cero de la economía y la política mundial en que la ganancia de uno representa la pérdida de otro y el lema darwinista “Beggar my neighbour” (mendigo, mi vecino), se está aplicando con todo en la relación entre el centro y la periferia. Y al decrecer el interés estratégico producto de la guerra fría, también la posibilidad de masiva ayuda económica en otra versión de la “Alianza para el Progreso” parece esfumarse, pues, el apuntalamiento geopolítico, básicamente antisoviético, de los programas norteamericanos hacia este hemisferio, se debilitó grandemente. Es obvio que la “Trilateralidad” del poder mundial, se mostró más interesada en canalizar los fondos oficiales de ayuda hacia Europa Oriental antes que para América Latina; como ejemplos decisivos del designio de aquella época, podemos citar los paquetes de ayuda casi “masiva” votados por el Congreso norteamericano para Polonia y Hungría, así como la reducción de los préstamos japoneses a Latinoamérica que bajaron de los diez a cuatro mil millones de dólares durante la década de los ’90, siendo esa diferencia de seis mil millones asignada a Europa Oriental, y también la creación de un Banco Europeo de Reconstrucción y Fomento. Y este fenómeno de la desviación de la atención oficial de los centros de poder hacia el Este europeo, ejerció indudablemente efectos aún más graves en lo que respecta a las capacidades del Banco Mundial, como del Fondo Monetario Internacional, para la provisión de fondos a nuestros países, como nunca tan necesitados en esa etapa de doloroso ajuste de sus economías y redimensionamiento del Estado. Como sabemos, la reestructuración de la deuda de aquellos años ha estado basada en el análisis final de una sustitución o canje (swap) de préstamos comerciales bancarios tradicionales sobre la balanza de pagos por otros multilaterales. Y dado que el Banco Mundial no rota los pagos de capital, sino que otorga nuevos créditos para mantener los flujos positivos con sus receptores, entonces mayores empréstitos nuevos se convirtieron en una necesidad creciente para los países de América Latina.
               Inclusive los flujos de inversiones y créditos privados, estuvieron siendo dirigidos, en lugar de hacia nuestras regiones, para los nuevos capitalismos de la Europa ex socialista que ofrecían, al parecer, mayor rentabilidad y mano de obra más calificada y barata. Así, a medida que se desvanecía la motivación geopolítica de los “Poderes Trilaterales” en relación con Latinoamérica, también se contrajo su componente económico y ciertos pesimistas futurólogos (¿o tal vez muy realistas?) hablaban ya en aquel entonces de que teníamos que prepararnos para enfrentar la perspectiva de una “africanización” o sea, quedar marginados de los flujos financieros y comerciales del centro y sumergidos en el abandono y la insignificancia, por causa de la frialdad de los EE.UU., Europa y Japón por nuestras necesidades, cosa que en gran medida ocurrió.
               Mas también hemos dicho al principio, que algo ha ganado nuestra región con el fin de la guerra fría. Y es que el apuntalamiento de los sanguinarios regímenes dictatoriales, mayormente Dictaduras Militares basadas en la doctrina de la “seguridad nacional”, ha quedado sin sustento ideológico ni fáctico, lo que ha dado lugar a la vuelta del orden democrático, pero con mayor apoyo y presión de los EE.UU. y Europa, para su establecimiento y mantención. La disminución de la influencia militar es evidente, desde aquella época, en la política exterior de las potencias centrales, lo cual pudo ayudar a que los gastos de defensa de nuestras empobrecidas naciones pudieran reducirse al mínimo, pudiendo canalizarse más recursos en la inversión para el desarrollo y bienestar. Aunque ahora Venezuela está comenzando de nuevo la escalada armamentista como más adelante veremos.
               También la conciencia de que nuestras prioridades no tienen, aún hasta hoy, posibilidad inmediata de desplazar la atención de los “grandes decididores internacionales” de los problemas de globalidad que los ocupan, hizo que la integración regional primero, y luego de toda esa gran nación latinoamericana balcanizada, haya sido encarada con mayor vigor, decisión y sentido de las proporciones, como la única forma de lograr crecientes niveles de autonomía y capacidad de reacción frente a los “poderes fácticos internacionales”. La buena experiencia inicial la tuvimos ya en nuestro Tratado de Asunción en 1991 para el MERCOSUR, y en la persistencia y aún ampliación del “Grupo de Río” que se ha convertido, de un mecanismo informal, en un interlocutor internacional de la “multilateralidad latinoamericana”, de máxima importancia e influencia de decisión política en nuestro continente y en la recepción por parte de las potencias del centro.
               Por último, la atención que América Latina recibe del centro por los problemas del creciente narcotráfico, migraciones ilegales, la degradación ambiental y la violencia insurreccional, puede llevar a los centros de Poder, sobre todo a los EE.UU. a comprender que una “ingobernabilidad” generalizada en su “patio trasero”, producto de la desesperación por la miseria y la impotencia, afectará a la larga sus propios intereses, seguridad y potencia, para la fuerte competencia trilateral que existe.

                 5.- LA “INICIATIVA PARA LAS AMÉRICAS”
                      Y LA ADMINISTRACIÓN CLINTON.
              
          “Corroborando nuestro aserto del párrafo anterior, la “Iniciativa para las Américas” del ex Presidente George Bush (senior), pareciera significar la idea que a los EE.UU. menos que a nadie conviene tener a su lado una legión de vecinos pobres. La intención final de crear un mercado común desde Alaska hasta el Cabo de Hornos, con una Latinoamérica plena de inversiones y en franco desarrollo, consumidora –y por ende importadora de productos norteamericanos– supera todo lo imaginable por nuestros calenturientos deseos de progreso y libertad.
               Según Miguel Ángel Diez en “Las oportunidades de América Latina. El mundo de la década de los ‘90”, la Iniciativa para las Américas tenía tres aspectos fundamentales: Inversiones, la Deuda, y el Comercio. Respecto a lo primero, los EE.UU. se comprometían a integrar un fondo para estimular las inversiones privadas en la región aportando anualmente 100 millones de dólares anuales, cifra en sí misma considerada como insignificante para la magnitud de las necesidades y la ambición del esfuerzo. Pero EE.UU. esperaba que ese aporte aumentase con similares colaboraciones de los otros ejes de la trilateralidad: Japón y la Comunidad Económica Europea, lo que seguramente se conseguiría. Aún así la suma seguía siendo pequeña y el gran logro sería poder establecer las bases de seriedad y confianza en nuestros países para que retornasen, con inversión productiva, los activos de los mismos capitales Latinoamericanos depositados en Bancos Suizos, Luxemburgueses o Norteamericanos, que se estimaba que podían equivaler a los 200.000 millones de dólares –según un estudio elaborado, en Agosto de 1992, por el Departamento de Investigaciones del Fondo Monetario Internacional– que de conseguirse, resultaría en un aporte de más de quinientas veces del total del fondo propuesto.
               Con respecto a la Deuda Externa, la “Iniciativa” de Bush había propuesto la continuación del “Plan BRADY” –para el cual, según la CEPAL, se tendría que triplicar lo asignado de U$S. 30.000 millones– e incorporó algo más: una condonación importante de la deuda directa de Latinoamérica con el Gobierno de los EE.UU., la que ascendía a 12.000 millones de dólares. La reducción ofrecida era del 50%  lo que la dejaría en 6.000 millones, equivalente al 1,5% de toda la deuda regional. Esto es importante de mencionar si atendemos al hecho que en sólo 1.990 (año anterior a la “Iniciativa”) nuestra región pagó al primer mundo aproximadamente 15.000 millones de dólares en concepto de servicio de la deuda externa. También la Iniciativa respaldaba un mayor uso de la conversión de deudas en activos de los países Latinoamericanos (swap), e incluso propendía el “swap” ecológico o sea la condonación de deuda por la preservación de selvas.
               Pero la clave de la Iniciativa para las Américas estribaba en el Comercio. Y los EE.UU. ofrecían mejores aranceles y la eliminación de trabas para el ingreso de mayor cantidad de productos latinoamericanos a cambio –por supuesto– de una recíproca apertura de las economías regionales. Pero la estupenda visión de una reedición modernizada, corregida y aumentada de la “Alianza para el Progreso” tropezó con la realidad incuestionable de la enorme diferencia entre las economías de nuestros distintos países, cunado se las comparaba con la de los EE.UU. y se analizaba la conducta que hasta entonces había observado para con nosotros el capitalismo norteamericano. Mas, por otra parte, era dable pensar que una América Latina con mayor desarrollo económico y poder adquisitivo, podía ayudar a solucionar –disminuyéndolo– el déficit comercial Estadounidense lo que redundaría en mantener un déficit fiscal cero, menos deuda exterior y no recaer en la grave recesión interna. En caso de que la rivalidad económica se agudizara entre los “tres grandes”, a los EE.UU. le quedaría el camino de oponer al bloque Europeo y al de los Tigres del Asia, el “bloque Americano”, despertando al gigante dormido con la oportuna corrección de su política seguida hasta entonces.
               En cuanto a la Administración Clinton, ¿continuó y aún profundizó el esquema descripto en la “Iniciativa para las Américas” del ex Presidente Bush? Creemos que sí, pero no debíamos hacernos muchas ilusiones, pues, la “Real Politik” siempre se impone. Es indudable que la victoria Demócrata significó el rechazo a la ola de Liberalismo reaccionario a ultranza  que se había enseñoreado en la década de los ’80 de las sociedades desarrolladas y estaba siendo servilmente imitada, en muchos casos, por gobiernos latinoamericanos. No analizaremos el aspecto y la perspectiva interna de aquella administración, pues es menester centrarnos en el análisis de lo que podía esperar A. Latina.
               Para empezar, el estilo de su campaña y su propuesta laboral, colocaron a Clinton en la más firme tradición del “New Deal” Rooseveltiano (él llamó a su propuesta “New Covenant”, el Nuevo Contrato) que pudo llevarlo a la apertura, también, de una “Nueva Frontera” en su política latinoamericana. Pero las dificultades vinieron por la presión por un neoproteccionismo para la expansión de puestos de trabajo, debido a la influencia que la central sindical AFL-CIO tenía en el nuevo Gobierno, y lo que ya se notó en el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá, el cual vio reducida “ab-initio” su efectividad para volver más competitivo al “bloque norteamericano” (tomando la expresión “norteamericano” en su real acepción), frente al bloque más proteccionista, cada día, de la Comunidad Económica Europea, por causa del agregado de “dimensión social”, es decir, las prestaciones laborales y la protección del medio ambiente, que encarecieron su aplicación. Es por eso y los otros razonamientos que apuntamos en ítems anteriores, que creemos que  los cambios en nuestro sub-continente no fueron ni son muy espectaculares en el aspecto económico-social pero seguirán su curso ascendente, sí, en todo caso zigzagueante, de desarrollo en espiral, independientemente del Partido que controle el poder en los EE.UU.; no creímos entonces, ni creemos ahora, que a corto plazo, A. Latina pueda tener una prioridad estratégica de ayuda de ninguna administración norteamericana. Debemos llegar al convencimiento que sólo podremos “salir del pozo tirándonos de nuestros propios cabellos” y de volver la mirada hacia nosotros mismos y nuestras propias fuerzas en una unión efectiva de voluntades para evitar el infortunio que siempre nos ha traído el que acciones desconocidas de otros decidieran por nosotros, y repensemos las bases mismas de nuestra sociedad, asumiendo la responsabilidad plena de nuestro destino y libertad, tal como lo soñaron antes tantos próceres y líderes como Bolívar, Perón, Francia, G.Vargas , Haya de la Torre y tantos otros. 
  
6.- LAS RELACIONES ARGENTINO-PARAGUAYAS
     EN EL MARCO LATINOAMERICANO A TRAVÉS
    DE LA HISTORIA. CONDOMINIO Y SEPARACIÓN.

               Nuestra intención no es la de hacer historiografía, sino un análisis crítico en el marco de una evaluación prospectiva para el siglo XXI de las relaciones de nuestras naciones dentro del “gran todo” latinoamericano y mundial. Es así como hemos observado una conducta histórica ambivalente que ha significado “mutatis mutandis” un condominio de interés y una continua tendencia a la separación histórica del Paraguay y la Argentina.
               La antigua Provincia del Paraguay, que los primeros cronistas denominaron “Provincia Gigante de las Indias” por la vastedad de sus dominios, abarcó en un principio más de la mitad de América del Sur, limitando al Norte con el Amazonas, al Sur con el Estrecho de Magallanes, al Este con el “mar Atlántico” y la línea de Tordesillas y al Oeste con las Gobernaciones de Almagro y Pizarro. Desde el comienzo los destinos de nuestros pueblos se entrecruzaron y la geopolítica será un factor gravitante a través de toda nuestra historia. Pero ulteriormente, tanto las usurpaciones portuguesas como la propia Corona Española, fueron achicando esos límites. La desmembración de Chiquitos (1590), la separación del Río de la Plata (1617)  y el Tratado de San Ildefonso (1777), señalan algunas de las mutilaciones que sufrió el territorio de la Provincia.
               Buenos Aires como “base de paso obligado” estuvo siempre en un “condominio” de intereses, sueños y aspiraciones de esa empresa militar –pues ese fue el carácter de su planificación– que era la Conquista Española. Además de ir afirmando el terreno conquistado para la Corona Española, ocupando puntos claves que poder hacer valer frente a las pretensiones portuguesas, los conquistadores pasaban por Buenos Aires y Asunción, rumbo a la codiciada Sierra de la Plata. Así fue que los primeros españoles que llegaron a Asunción en 1537, formaban parte de cuatrocientos hombres capitaneados por Juan de Ayolas, quien dejando una parte en la futura ciudad comunera de las Indias, rumbea hacia el Perú, quedando sus huesos en aquella llanura chaqueña. La segunda irrupción de españoles, en 1541, ya no arriba en son de guerra ni conquista, sino huyendo del hambre y desolación de la primera Buenos Aires, hasta que más tarde, en 1580, Juan de Garay repobla Buenos Aires con los “mancebos de la tierra”, salidos de Asunción.
               Hasta finales del siglo XVIII con sólo dos puertos habilitados para el comercio de las Américas, Veracruz para el Norte y Portobello, en el istmo de Panamá, para nosotros, todo lo argentino debía pasar por Asunción en su lento peregrinar hacia el Perú para Portobello; teníamos un común destino geopolítico. Correspondió a los “agricultores soldados” defender la integridad territorial de la colonia, como cuando correspondió a 4.000 guaraníes, comandados por el Gobernador Don Pedro Lugo de Navarra, contener a los Paulistas invasores en el campo de Kaarupá Guazú en 1636. Y controlada la invasión portuguesa, iniciaron los mestizos la fundación de ciudades y fortines por los desiertos circundantes, sufragando de esta forma la defensa del Río de la Plata contra los malones, en esa identidad de intereses que hacía a un condominio de un destino común.
               Era aquella la época de la nula inmigración, lo que apresuró y acrecentó el mestizaje; era también la etapa histórica del “Mercantilismo” en que la riqueza nacional se identifica con la riqueza fiscal, con la capacidad de
pago (en moneda metálica). Era el predominio de la monoproducción, de la Encomienda, de los pueblos de indios, de las reducciones Jesuíticas y también del estallido del Movimiento Comunero. Pero para los finales del susodicho siglo XVIII, se producen cambios económicos muy importantes: la yerba mate deja de ser predominante y hay diversificación de la agricultura; empieza a exportarse maderas, tabaco, y productos de la ganadería (cuero y sebo). La política del comercio libre del Rey Carlos III nos trae un hecho histórico: la apertura del Puerto de Buenos Aires y de otros 23 puertos habilitados para el comercio exterior en 1776, coincidiendo con la “Revolución Industrial”. Esto trae aparejado cambios culturales; las posibilidades para el acceso a la educación de la Provincia se multiplican y en 1783 se abre en Asunción el Real Colegio Seminario de San Carlos. Se irá formando una burguesía exportadora y una “Intelligentsia” nativa “porteñista” interesada en estrechar los lazos con la “metrópolis europea” que iba creciendo en el Río de la Plata y controlaba el paso de los productos y la difusión de la cultura en conjunción con Córdoba. El Paraguay de “condómino” geopolítico e “ideológico” va pasando a una cierta “dependencia” socio-económica cultural.

    7.- DE LA INDEPENDENCIA A LA DEPENDENCIA.

 La Provincia del Paraguay, que en un principio formó parte del Virreynato del Perú, pasó a depender del Virreynato del Río de la Plata, a la creación de éste en 1776. La creación del Virreynato determinó el progreso extraordinario de lo que se llamaba “el Puerto” por excelencia, de Buenos Aires: y la legislación mercantil liberal de los Borbones –como apuntáramos– más su privilegiada ubicación, la “llave” de entrada al “Hinterland” sudamericano, le dieron el poderoso impulso comercial que convirtió al “puerto” en una de las principales ciudades de la América española. La acumulación de riquezas, monopolios y privilegios hizo, por supuesto, que Buenos Aires aspirase a la hegemonía política, pretensión que generó la desintegradora resistencia de las provincias interiores (incluida la Prov. Del Paraguay), que ya se sentían en tren de ser sometidas y explotadas. Como dice Julia Velilla de Arréllaga en “Paraguay, un destino geopolítico”(6): “Si profundo era el resentimiento paraguayo por el desamparo en que injustamente lo tenía la Corona Española, después de haber ganado y conservado para su Rey, con enormes sacrificios, medio continente, y por el aislamiento a que fue sometido, como castigo por la revolución comunera; más profunda aún, era la amargura que le producía la actitud prepotente e ingrata de Buenos Aires. Por el sólo hecho de dominar la llave de su salida al mundo, Buenos Aires pretendió convertirse en tutor del Paraguay y actuó arbitraria y abusivamente”. Y el gran historiador paraguayo Julio César Chávez, señala en su obra “Historia de las relaciones entre Buenos Aires y el Paraguay 1810-1813”(7), que la revolución del 25 de Mayo de 1810, confirmó los temores sobre la política de Buenos Aires y acota que “si en esa hora decisiva para América, Buenos Aires hubiera actuado con sentido nacional y equilibrado, habría mantenido la unidad del Plata y la formación en el Sur de las Américas de una potencia capaz de contrapesar en la balanza a la poderosa confederación del Norte”.
               Nos hemos detenido un poco en la historia precisa para significar el meollo de problemas alrededor del cual girará la historia de los desencuentros en las relaciones de nuestras dos naciones. A partir de su independencia, el Paraguay irá apartándose de la influencia Bonaerense, separación que comienza ya con la derrota de Belgrano y se volverá casi definitiva con la defenestración del Gobierno, y ulterior destrucción, de la facción “porteñista” por parte del Dictador Francia.
               Al advenir la independencia del Paraguay, tres facciones o “partidos” principales se disputaron la hegemonía de la conducción política: una aristocracia hispano-criolla incrustada, sobre todo, en el Cabildo de Asunción; una clase mercantil –importadora y exportadora– “porteñista” porque estaba interesada en mantener sus negocios con Buenos Aires y el resto exterior; y una facción “jacobina” cuya cabeza indiscutible era el Dr. Francia que representaba los intereses de clase del pequeño campesino libre, aquel heredero del “agricultor-soldado”, que constituyó la base social de la formación de la nación paraguaya. Con la derrota de las ideas de Juan José Castelli y la prematura muerte de Mariano Moreno en Buenos Aires, se impone la política centralista que provoca la anarquía por la resistencia del interior. Y la consolidación del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia en el poder del Paraguay, que conservará como Dictador Perpetuo hasta su muerte en 1840, lleva al Paraguay a un aislamiento creciente que resiste todos los intentos de hegemonía y aún de aproximación de Buenos Aires, así como evita la anarquía reinante en el resto de la comarca.
               Después de la muerte del Supremo Dictador, acaecida en 1840, tras un breve período de transición, se afirma en el poder don Carlos Antonio López, quien comienza cierta modernización transformadora pero que fue sólo de grado, no de esencia. El “Estado Autóctono” –como lo llama el nacionalista J. Natalicio González– seguía siendo la principal fuente de producción y de acumulación de capital en contraste con el liberalismo mercantilista porteño. Las relaciones Argentino-Paraguayas, congeladas tanto tiempo por las tentativas anexionistas de Rosas –que no reconoció nunca la independencia del Paraguay, y que le valieran esta réplica del Presidente López: “La masa homogénea, fuerte y compacta de la nacionalidad paraguaya, profesa una aversión profunda contra todo lo que suene a dominación porteña…”– comenzaron a normalizarse por el reconocimiento sobrevenido después de Caseros, y se afirmaron plenamente con la histórica mediación del hijo del Presidente, el entonces Brigadier General Francisco Solano López, quien evitó el choque cruento entre Buenos Aires y la Confederación, con el “Pacto de San José de Flores” del 11 de Noviembre de 1859. Pero la tormenta de la Guerra de la Triple Alianza lo trastrocó todo.
               Con la destrucción del Estado Paraguayo por la hecatombe del ‘65-70’, la “Segunda República Paraguaya” adquirió el formato constitucional de una democracia liberal. Argentina y Brasil se disputaron la influencia sobre los gobiernos paraguayos que se sucedieron. De los grandes Partidos Políticos fundados antes del fin del siglo XIX, el Partido Liberal era más decididamente “Argentinista” mientras que su símil, el Partido Nacional Republicano, luego más conocido por Partido Colorado, balanceaba el péndulo por su afinidad con la política Brasileña. Así las cosas, la revolución armada de 1904 que significó el fin del predominio republicano y entronizó en el poder al liberalismo, contó con el apoyo y ayuda efectiva de elementos del Gobierno Argentino cuyo Presidente Julio A. Roca y su sucesor el Dr. Manuel Quintana, son sindicados por los Colorados de haber violado los llamados “Pactos de Mayo”, que Argentina suscribiera en Santiago de Chile comprometiéndose a no inmiscuirse en los asuntos internos o externos de los otros países.
               El Paraguay fue “satelizado” desde entonces. El predominio del capital anglo-argentino, ya evidente a fines de siglo, fue total en el Paraguay, con empresas como “La Industrial Paraguaya”, “La Fabril”, “Anderson-Clayton”, “Pinasco”, “Sastre”, y otras, que monopolizando la industrialización y exportación del tanino, la carne, maderas, tabaco, algodón y yerba-mate –productos básicos de exportación– pesaban políticamente más que el propio Gobierno –que, por otra parte, tenía a sus más altos exponentes como accionistas, abogados o ejecutivos de dichos monopolios– y también lograban que el Gobierno porteño apoyara siempre los intereses paraguayos en su acción diplomática, como sucedió cuando el conflicto con Bolivia que deviniera en la Guerra del Chaco.
               Con el retorno del Partido Colorado al poder comienzan pronto los primeros roces. Aunque el Gobierno nacionalista de Perón había ayudado al Gobierno del Gral. Morínigo, apoyado por el Partido Colorado, durante la guerra civil del ’47, una vez que nuestro citado J. Natalicio González asume la Presidencia de la Rca., considera como intervención y como una reedición de las pretensiones anexionistas de Rosas las intenciones argentinas de conformar una unidad de acción política, diplomática y económica con los circundantes Paraguay, Bolivia y Chile, para presionar sobre el Uruguay y oponer un bloque compacto al “destino manifiesto” de expansión brasileño. Según refiere y denuncia el mismo ex mandatario paraguayo, en su libro “El Estado Servidor del Hombre Libre”(8): “Al Presidente Natalicio González correspondió afrontar las tentativas anexionistas de Perón…” y “…En Enero de 1949 el mandatario argentino salió con la suya. El Presidente González fue despojado del poder y, desterrado del Paraguay y de la Argentina, difamado y perseguido por el gobierno de dos países a través del continente...”, entonces “…Agentes de Perón se hicieron cargo de la política paraguaya y el 14 de Agosto de 1953, se firmó el Convenio de Unión Económica Paraguayo-Argentino que, bajo un sistema de aparente reciprocidad, enajenó la soberanía de la nación guaraní”. Y agrega en forma terminante, “…El mecanismo del Convenio estaba calculado para crear una relación de dominante a dominado. De hecho, por el imperio de compromisos bien precisos, el Gobierno Paraguayo se avino a someter a los designios de la política argentina su plan de producciones, la financiación de sus industrias, la construcción de caminos, la organización de transportes, todo su sistema de comunicaciones. Lo mismo que sus sistemas monetario e impositivo. Se requería un acuerdo firmado con la Argentina para construir gasoductos, acueductos y oleoductos, y la realización de estas obras tenían que responder, indefectiblemente, ‘a las necesidades de intercambio’. La ruta Trans-Chaco y el camino al Brasil, ya iniciados, desaparecieron por abandono” (el subrayado es nuestro).
               Hasta aquí, Natalicio. Pero muy pronto, con la caída de Perón y la asunción del Gral. Alfredo Stroessner, las relaciones de política internacional paraguayo-argentina cambian de signo. La política hostil de la “Revolución Libertadora” que derribó a Perón, hacia el “régimen afecto al Peronismo” que continuó con el Gobierno de Arturo Frondizzi, aceleró el acercamiento paraguayo a Itamaratí hasta que al cabo de un par de décadas de “apertura hacia el Este”, el remate del Tratado de Itaipú ponía de relieve el fracaso de la diplomacia argentina y la alineación del Paraguay al Brasil.

          8.- ¿ES POSIBLE OLVIDAR LA HISTORIA?

               Con el largo régimen colorado del Gral. Stroessner, la historia del Partido Nacional Republicano “brasileñista” pareció reeditarse. Paraguay se convirtió en apoyatura importante de la geopolítica brasilera en su tesis “Travassos-Golbery” del “cerco a la Argentina” que examinaremos más adelante. Y el apoyo sustancial brindado por el Gobierno Radical de Raúl Alfonsín, en los últimos años del stronismo y más abiertamente después, a la oposición del Partido Liberal Radical Auténtico, parece llevarnos a la conclusión de que la historia se repite y que –como lo dijera Napoleón al regresar a París para la “saga de los cien días” y observar otra vez el “Dios salve al Rey” en lugar del lema, ya tan caro a los franceses, “libertad, igualdad, fraternidad” y en vez de la tricolor la escarapela blanca de los Borbones, : “Los Borbones, ¡siempre los mismos. No han aprendido nada, no han olvidado nada!”– aún no es posible superar sus avatares y aquilatar sus enseñanzas. Debe Argentina “ponerse en cero” y comenzar una nueva era de relaciones bilaterales con la nación guaraní en el marco integrador del MERCOSUR sin preferencias especiales por Gobiernos que en adelante deberán ser relativamente alternativos y aún efímeros, pues debemos apuntar decididamente por la consolidación y expansión del ciclo democrático como parte de la globalidad de las relaciones internacionales cada vez más interdependientes dentro de un “NUEVO ORDEN MUNDIAL”. En este caso tenemos que tener presente lo que dijera el célebre filósofo del Pragmatismo norteamericano, George Santayana: “Los pueblos que olvidan la historia, están obligados a repetirla”.

         9.- LA REGIONALIZACIÓN DEL PODER.

               Para evaluar este tema entramos decididamente en el terreno de la Geopolítica. Y de inmediato nos preguntamos, ¿la Geopolítica es algo más que “ciencia ficción”? ¿puede confundirse con la Geoestrategia? ¿es válida para la apreciación política en tiempos de paz?. Trataremos de dar alguna respuesta a estos interrogantes a medida que vayamos analizando –aunque someramente, dada la índole más general de este trabajo– sobre el terreno de la praxis de nuestros días, los fenómenos de las relaciones entre el espacio y el poder, así como la evolución del concepto “espacio económico” y de los comportamientos sociales y políticos a través del tiempo.
               En ésta etapa histórica que aún vivimos, el sistema permanece dentro del marco nacionalista y la realidad objetiva del Poder gira alrededor de tres metas principales y prácticamente universales: la primera es la seguridad; la segunda es la prosperidad; y la tercera el poderío y prestigio o sea la decisiva influencia. Esta realidad del mundo de los siglos XX y XXI da la pauta de las relaciones internacionales que lo lleva a una situación de competencia y que, en el mejor de los casos, desemboca en un marco de coexistencia pacífica, pero deja abierta la puerta a situaciones conflictivas como hemos visto en Afganistán, Irak, Libia, ahora Siria, y en general el oriente de la “Primavera Árabe”. El sistema implica ineludiblemente que unos Estados quieran modificar el “statu quo” internacional, mientras que otros lo quieren mantener. Permanecemos todavía dentro del esquema de espacio caracterizado por el Estado-Nación –cuya crisis ha comenzado– concepto que apareció después del período Feudal y se desarrolló paralelamente a la primera revolución industrial. Pero se puede suponer que el Estado nacional no será la forma definitiva de organización que utilice el ser humano para gobernarse, y que el nacionalismo, a pesar de su recrudecimiento actual, ha de evolucionar hacia formas superiores de organización y sentimiento. Estamos viviendo la paradoja de una época histórica de transición entre el nacionalismo exasperado y la idea cada vez más aceptada del Estado supranacional, en su carácter más favorecido, el de la Gran Federación Continental con miras a la globalidad. Tenemos aquí, y ya lo estamos viviendo, el primer eslabón de los grandes cambios que afectarán a los Poderes soberanos en el futuro del siglo XXI como se nota ya en ésta primera década.
               Ahora bien, ¿cuál es la situación política que enfrentan los países periféricos en el contexto del “Nuevo Orden Internacional” de la post-guerra fría?. Según John Chipman, politólogo norteamericano(9), ella es producto de la interacción entre el nuevo carácter de las relaciones internacionales y los desafíos internos de los países del llamado tercer mundo. Con la atención que precisan los nuevos problemas surgidos del derrumbe del “socialismo real” en Europa Oriental, se estuvo asistiendo a una disminución, en la destinación específica y en magnitud, de los auxilios para el tercer mundo (que a veinte años de ese derrumbe resulta obvio); está claro que para las superpotencias trilaterales los tratamientos de los conflictos regionales son menos urgentes; ya no existe la posibilidad de enfrentar al Este contra el Oeste, y los Estados sub-desarrollados luchan por saber cómo maniobrar, dada su insignificancia política ante los grandes. En general, enfrentados a la realidad de una inestabilidad local permanente, esos Estados no podrán conseguir fácilmente apoyos externos. Y habiendo disminuido la importancia de la competencia por el patrocinio de las superpotencias de antaño, nuestros Estados tienen que confiar en su propia fuerza para tratar de alcanzar sus objetivos de desarrollo y aún su identidad y nacional.
               En el nuevo orden internacional en que el interés del centro por jugar un papel protagónico en los problemas regionales decayó, se nota que la conducción de su política para el tercer mundo dejará que esos problemas sean tratados localmente y que se dé la paradoja que, mientras los grandes conflictos (como los países del medio oriente que hemos citado) sean resueltos en el centro unipolar, los sub-centros de poder, es decir, los protagonistas regionales tendrán creciente autonomía para manejar los retos de las exigencias externas en materia de cambios, con un acrecentamiento de la “regionalización del poder”.

               10.- GEOPOLÍTICA DEL BRASIL.

               Aquella famosa frase de Richard Nixon, que a muchos sudamericanos y en especial a los argentinos pareció ominosa, “hacia donde se incline el Brasil se inclinará Latinoamérica”, parecía confirmar las teorías que, arrancando del Gral. Mario Travassos culminaron en la famosa “Doctrina de la Seguridad Nacional” magistralmente expuesta –para nuestra desgracia– en el libro “Geopolítica del Brasil”, de su discípulo el Gral. Golbery do Couto e Silva(10), considerado hasta hoy el más brillante e influyente de los geopolíticos brasileños. Estas teorías, ampliadas y actualizadas por la década de los ’60 en la Escuela superior de Guerra (La “Sorbona”) del Brasil, se transformaron luego en la misma estrategia de Itamaratí, y así tomaron cuerpo conceptos tales como “el destino manifiesto” de Brasil, las “frontera ideológicas”, el “satélite privilegiado”, las “fronteras vivas”, el control del Atlántico Sur, la Comunidad Afro-Luso-Brasileña, y el “cerco antagónico sobre la Argentina”.
               No se trata aquí de analizar el libro del General Golbery a la luz de las teorías de la geopolítica; esa es tarea de los especialistas y contribuiría muy poco al objetivo de nuestro trabajo que es la comprensión del pasado y la previsión del futuro. Lo que deseamos es verificar qué elementos conformaron su visión especial del proceso brasileño y, teniendo en cuenta el papel desempeñado por el autor en la conducta política de los gobiernos militares, desde Castello Branco en 1964 hasta el antecesor de Figueiredo, examinar si la acción gubernamental de ese período estuvo al servicio de aquellos principios inspirados en la “Geopolítica del Brasil” y hasta dónde cumplieron con aquello que se denominó “Poder nacional” y con los “objetivos nacionales permanentes”.
               El fundamento del pensamiento geopolítico en el Cono Sur en general y en Brasil en particular, ha sido el concepto orgánico de la “Nación-Estado” el cual sostiene que las “naciones-estado” son análogas a organismos vivientes que nacen, crecen, buscan espacio y recursos para vivir, con el fin de aumentar su poder y, luego, finalmente decaen y perecen. Golbery do Couto e Silva, como defensor de ese concepto, tiene un punto de vista pesimista y darwiniano de las relaciones internacionales, en el que los Estados poderosos se hacen más fuertes y los débiles se someten o perecen, y los militares imbuidos de la Doctrina de la Seguridad Nacional han tendido a identificarse fuertemente con esta “Nación-Estado-Orgánica” y creyeron que su principal deber era el de asumir firmemente la defensa de ese Estado tanto de sus enemigos externos como internos.
               Ese elemento fundamental que se nota en la conducta de los Gobiernos militares brasileros, se advierte significativamente en el libro del Gral. Golbery, especialmente en la introducción titulada “El problema vital de la seguridad nacional”, “Un eterno dilema del hombre, animal social”, donde es patente la influencia de Hobbes, ese filósofo del “gran miedo”, cuando literalmente expresa: “…El Estado soberano, surgido de las fuentes profundas del Miedo, para proveer la seguridad individual y colectiva en la Tierra, pasaría a afirmar su voluntad omnipotente sobre los destinos de todos los súbditos que lo habían creado...” Y “…Hobbes puede ser considerado como el patrono, reconocido u oculto, de las modernas ideologías políticas que amenazan, por todos lados, al mundo decadente de un liberalismo impotente y exhausto”. “…Hoy, la inseguridad del hombre es la misma, quizá todavía mayor…” y “…el eterno dilema que lo aflige… tiende a solucionarse de nuevo… por el completo sacrificio de la libertad en nombre de la seguridad individual y colectiva”. El miedo, pues, de que nuestra civilización cristiana occidental desaparezca y, con ella, nuestro Estado-Nación, inspira todo el concepto de la “Seguridad Nacional” desarrollado en el libro de Golbery y lo lleva a un antiliberalismo reaccionario, entremezclando los principios del Estado de Derecho del siglo XIX con la Escuela de Manchester y los principios meta-jurídicos que informan la normatividad del Derecho y la Seguridad Jurídica, exaltando la Libertad, no como atributo del individuo ante el Estado, sino como fundamento de la “Seguridad Nacional”, es decir, puramente instrumental y no moral.
               Otro elemento que agrega la geopolítica brasileña es la idea que ningún grupo social era capaz, en aquélla época, de dar apoyo a la acción del Estado para reformular las estructuras sociales y las suyas propias para adecuarlas a las exigencias del momento, lograr la racionalización de la economía y cumplir con el destino intuido de la nación, y que por lo tanto las Fuerzas Armadas eran llamadas a ocupar el núcleo de poder en el Estado. El elemento “desarrollista” dio lugar también , a una variante que, frente a los aspectos más agresivos, hostiles e imperiales de la Doctrina de la Seguridad Nacional, puso énfasis, no sólo en el desarrollo de los recursos nacionales y de su voluntad de poderío, sino también a acercamientos cooperativos hacia los Estados vecinos. Pero la mentalidad geopolítica de Couto e Silva, condujo, por la lógica interna de la proposición inicial, a una política de Poder con el fin de fortalecer el Estado frente a todo lo demás y, por ende, a una política nacionalista tendiente al expansionismo, que podemos señalar claramente citando estos párrafos de la edición traducida por Paulo Schelling, conocido nuestro(11), “…el hecho fundamental que se debe considerar, en el conjunto del panorama internacional, es que cada Estado se mueve bajo el impulso potente de un núcleo de aspiraciones e intereses, más o menos definidos con precisión en un complejo jerárquico de Objetivos. Para los Estados-naciones de nuestra época, son sus objetivos nacionales”, y “…el Brasil está magistralmente bien situado para realizar un gran destino tan incisivamente indicado en la disposición eterna de las masas continentales, cuando suene, al final, la hora de su efectiva y ponderable proyección más allá de las fronteras”(12).
               Ese elemento nacionalista ha dotado al pueblo brasileño de una “visión de futuro” diferente y superior a la de sus congéneres latinoamericanos; y eso no es un elemento desdeñable; el escritor holandés Fred Polak describe muy bien, en su libro “The Image of the Future” lo que concierne a la relación que existe entre el progreso de las naciones y la imagen que éstas tenían de su futuro. Polak quería saber qué existió primero: si la idea que esa nación tenía de su futuro o el desarrollo mismo a que esa nación llegaba. Lo que él descubrió en sus investigaciones fue que, en gran medida, una visión de futuro precedía al éxito. Una y otra vez pudo confirmar que primero un país tenía que tener una imagen convincente del futuro al que quería llegar y ésta imagen, generalmente, era sugerida por los líderes; luego, la comunidad hacía suya esa visión de futuro y le brindaba su apoyo; así, en forma conjunta, convertían ese sueño en realidad. Tal lo sucedido con Brasil; a pesar de todos los tropiezos y problemas que enfrenta, es actualmente la nación líder de Latinoamérica y la sexta potencia industrial del mundo.
               La ideología nacionalista impregna toda la obra de Golbery do Couto e Silva; pero ahí también puede estar su talón de Aquiles, pues, en prosecución
de un nacionalismo que “…es todavía toda nuestra nobleza. Y si no lo es concientemente, es muy importante que lo sea” (p. 121), y que “…Por lo tanto, el nacionalismo es, debe ser, sólo puede ser un absoluto, en sí mismo un objetivo último” (p.124) para “…lograr el nivel superior de un nacionalismo ya maduro, realista y crítico y, en otras palabras, aséptico, que ya no se unirá más a la corruptora histeria demagógica y bloqueará, al fin, la endemia desvitalizadota de la teorización hueca y superada” (p. 126), Golbery llega a descreer de la capacidad creadora del pueblo, el cual debe ser empujado, conducido –aún a su pesar– hacia la construcción de la grandeza del Brasil, siendo no precisamente el sujeto de la historia del país sino el objeto de la acción del Estado, porque –y aquí encontramos otro elemento–para el “ethos” burocrático-militar de quien escribió la “Geopolítica” y de los Gobiernos que se inspiraron en ella, la guerra y la política son partícipes de la misma naturaleza, de ahí su propensión al empleo máximo de la violencia y el sacrificio de factores esenciales de la política como la flexibilidad de la acción, las tácticas de marchas y contramarchas y el contacto permanente con las masas.
               Ese “corsé” ideológico le impidió a Golbery contar con una teoría del Estado adecuada para presidir la elaboración de su doctrina, y por considerar solamente a la fuerza social hegemónica que debía ser privilegiada para organizar la racionalización de la economía y la visión de futuro de la nación, el régimen inaugurado en 1964 sólo pudo durar el momento de la dominación del Estado por su instrumento o sea, el tiempo que la sociedad tuvo capacidad de soportar esa dominación; no pudo proyectarse como proyecto diferente al liberalismo capitalista signado por un Estado “carterial”, al cual volvió, porque  las FF.AA. no pueden realizar la función por antonomasia del Partido Político: organizar la sociedad, ligar las fracturas, optar por alguna de las diferentes fuerzas que componen el cuadro social, vencer el miedo a la crítica de la sociedad y finalmente pasar de la crítica de la sociedad a su organización en una nueva relación de las fuerzas presentes.
               Con todo, si el Brasil sigue desarrollándose y paulatinamente supera, o por lo menos alivia los rigores de su deuda externa, la inflación (como parece estar consiguiéndolo), el desempleo y la marginalización creciente de las mayorías sin estancar la renta per cápita ni regresar a una economía de rasgos primario-exportadores, entonces el régimen político basado en la Doctrina de la Seguridad Nacional por un cuarto de siglo casi, habría rendido sus frutos en una etapa crítica de su historia para volver a diluirse en las aguas más quietas de la corriente democrática universal.

             11.- EL CICLO DEMOCRÁTICO.

               América Latina en las décadas precedentes ha sufrido el flujo y reflujo de las mareas que traían y alejaban de nuestras costas Gobiernos Democráticos y Dictaduras Militares. Después del vuelco marxista de la Revolución Cubana, una trepidante sucesión de Golpes de Estado fue llenando

el continente de gobiernos militares o militaristas afectos a la doctrina de la seguridad nacional. Fue así que, en Sudamérica –nuestro espacio geopolítico– para mediados de la década del ’70, todos los regímenes, excepto Venezuela y Colombia, eran militares o dominados por ellos. A las acciones paramilitares de la guerrilla rural y al terrorismo de la guerrilla urbana, los ejércitos nacionales respondieron con la singular dureza del terrorismo de Estado en el marco de una generalizada e indiscriminada represión.
               Pero la década de los ’80 trajo nuevamente el flujo democrático. Los gobiernos militares se agotaron por el cumplimiento del objetivo primario pregonado para la toma del Poder: la derrota, el desmantelamiento o la neutralización de los Movimientos guerrilleros urbanos o rurales; también por la imposibilidad de resolver los graves problemas económicos y sociales; por las contradicciones surgidas en las mismas FF.AA. a causa de la apertura de una “interna” política, dada la actividad supletoria del Partido Político asumida; y la presión internacional de las potencias centrales. Además, como las Fuerzas Armadas no llegaron a formular una nueva teoría del Estado ni una ideología que superase los marcos de la Democracia Liberal, su proclamada intención fue siempre –en vez de la creación de un nuevo tipo de Estado– la vuelta a los moldes institucionales democráticos propios del capitalismo occidental y la devolución del poder a la civilidad.
               La Perestroika soviética y el posterior derrumbamiento del “socialismo real” aceleraron y afirmaron el flujo democrático en América Latina, por la desaparición del “peligro de subversión comunista” enarbolado por la doctrina de la seguridad nacional y el papel ya menos importante asignado a los ejércitos nacionales en el juego político del tablero internacional. En los tiempos que corrían, pues, los militares retornaron por doquier a sus cuarteles y tomaron una posición de aparente prescindencia política. Pero este repliegue no los apartó por completo de un papel político más o menos encubierto, y su aparente ausencia del primer plano de la política –como se pudo observar claramente en Argentina, Paraguay y Chile de principios del ’90– no los privó de ejercer una acción sostenida y de gran alcance en la vida cotidiana de las instituciones y aparatos del Estado y aún, como en el caso Paraguayo, de los Partidos Políticos.
               Ahora bien, en la euforia de la libertad reencontrada, pocos parecieron advertir los problemas que la transición a la democracia tenía que resolver. Para una gran mayoría, la transición terminaba con el juramento Presidencial del nuevo gobernante civil. En un alegre “wishful thinking” (13) olvidaron, silenciaron o pasaron por alto, los ítems de la agenda aún por llenar con soluciones las más de las veces urgentes. Así se tenía el problema de la inserción de una Fuerzas Armadas fuertemente politizadas en un régimen político cuya liminaridad doctrinaria no podía reconocerlas como otro actor político; también el problema de la clausura del pasado signada por el descubrimiento inevitable de los “secretos sucios” y los juicios por violaciones de los derechos humanos; la dificultad de la clase política para hallar un discurso que interpretase a la mayoría de la población; la presencia inmanente de ese “legado de miedo” con la pérdida aparejada de ese sentimiento de seguridad, que es el elemento sustancial que permite en la democracia liberal el ejercicio pleno y responsable de los derechos y obligaciones del ciudadano; y los problemas que por sí mismos limitaban la transición cuales son los económicos y propiamente políticos.
               Siguiendo el razonamiento de Carina Perelli(14) encontramos tres legados del pasado que es menester tener siempre presente y analizarlos con sumo cuidado para comprender a plenitud los problemas del ciclo democrático y poder realizar una prospectiva razonablemente exitosa de su evolución y posibilidades de consolidación y desarrollo. El primer legado del pasado sería “una nueva visión civil del mundo” en la cual por la memoria societal, a causa de la prolongada represión implementada como medio de control de la población, en la conciencia ciudadana se conceptualizó la reificación del poder monologal y la concomitante demonización, a nivel del imaginario social, de todo ejercicio demasiado desnudo o abierto, del poder. Esto se expresa en la práctica por la conversión de los problemas políticos en contiendas éticas y se plantea como una fuerte ruptura del marco de cultura política hegemónica anterior produciéndose una creciente pérdida del distanciamiento propio de lo estrictamente político, distanciamiento que es lo que permite el encuadramiento de los problemas públicos dentro de los parámetros doctrinarios y de las estructuras organizativas de los partidos políticos y del juego político “tout court” (15). Porque “…cuando lo personal es político, entonces lo político deja de ser analizado a la luz de la propia razón, del cálculo realista, del encasillamiento ideológico, de la tradición partidaria. Lo político pasa también a ser vivido como personal, y a regirse por las normas que gobiernan en esencia la vida privada: los principios éticos” (p. 78).
               Esta nueva visión civil del mundo trae aparejada una doble consecuencia: por un lado, provoca problemas a nivel de la presentación de intereses por parte de una clase política que continúa operando con los referentes de cultura política anteriores ( por ej. En las elecciones internas de 1992 para la designación del Candidato a Presidente de la Rca. del partido gobernante en Paraguay, el Colorado, la corriente oficialista que postulaba a Wasmosy fracasó a causa del grave error de cálculo de operar sobre la base de la “seguridad infalible” que otorgaba el referente anterior del “apoyo del Ejecutivo y los Mandos Militares” , teniendo que verse en la necesidad de despojarlo a Argaña de su triunfo por medio de un violento fraude que más bien constituyó un Golpe Manu Militari”), básicamente estableciendo una fuerte distinción entre la ética y la política, y buscando soluciones políticas a problemas diagnosticados como políticos de acuerdo a este esquema. Por otro lado, en el caso paraguayo, la nueva visión del mundo tendió a la ruptura del esquema referencial hegemónico propio de las sociedades tradicionales y provocó una disonancia cognitiva que hace y hará vivir en un permanente conflicto de interpretaciones de la historia de los últimos 60 años.       
               Otro insoslayable legado del pasado se refiere a “los cambios internos de la institución militar”. Debemos tener siempre presente para nuestro análisis, que en nuestros países –como dice la autora que estamos siguiendo– “…la carrera militar no es un ‘job’, un trabajo más, en el que se puede progresar y se tiene el horizonte económico más o menos asegurado”(16), “…Por el contrario, la corporación castrense constituye una institución en el sentido más abarcativo del término. Ello implica, a su vez, la constitución de una visión del mundo y de una identidad propia, diferente de la predominante en el ámbito no castrense”(17).  Sobre la base de esa cosmovisión, cuando las Fuerzas Armadas se constituyen en actor político y en la medida en que van ejerciendo el poder durante un período prolongado, tienden a ir perdiendo su monolitismo institucional. Dentro de la misma organización militar, comienza a desarrollarse una especie de sistema político, se forma su propia “interna” con facciones y corrientes definidas. Eso da lugar a posiciones cambiantes de la postura oficial y por último, en su forma más extrema, apeligra la misma existencia de la corporación como institución. Y en éste proceso, que indudablemente desgasta la imagen militar, afloran claramente en su seno, vertientes políticas, doctrinarias y éticas, que se agrupan en torno de los militares “institucionalistas” pragmáticos a ultranza, y los Oficiales “políticos” imbuidos del “fundamentalismo militar”. La administración de éste legado fue otra de las cuestiones que el “ciclo democrático” de transición debió resolver.
               Por último, tenemos el tercer “legado” que nos presenta la Perelli: el de “una clase política con dificultades para adaptarse a la nueva situación”. Esto sucede porque, con la vuelta del juego político, afloran, por una parte, los políticos novatos con ninguna experiencia en la gestión directa del gobierno ni tampoco –por imperio mismo de las circunstancias anteriores– en las lides que se suscitan en el ruedo político del marco democrático. Por otra parte, vuelven o continúan aquellos viejos políticos, con su carga de tradicionalismo, experiencia y continuidad de gestión, pero que utilizan como referente y guía para la acción, la cristalización de su vieja visión del mundo. Al respecto dice Carina Perelli: “…El referente de cultura política que así se maneja está caracterizado por su atemporalidad, su secularización, y su temeroso desencadenamiento. A la definición de la política como arte de lo posible, se le agrega el matiz del miedo: lo posible, la democracia, ha de conservarse a cualquier precio… Como anverso de la medalla surge la reificación del valor instrumental: la ingeniería política se transmuta en liturgia democrática. El ejemplo más notorio es la insistencia en la reforma política y constitucional como vía central de resolución de todos los problemas que aquejan a la República”.
               Así pues, en una dinámica intrínsecamente perversa, que la notamos primero en Argentina y luego en Paraguay, la clase política al no lograr potenciarse como el eje articulador de las distintas demandas, ha pasado a convertirse en el elemento potenciador de las mismas crisis que teme provocar. Y ello sucede porque los líderes, en lugar de comportarse como estrategas, que debieran ser, se comportan como meros operadores políticos, aumentando los grados de incertidumbre, dada la heterogeneidad de su conducta –algunos pasaron a convertirse en serviles ordenanzas de los Poderes fácticos y otros en extremos y celosos “Catones Censores”– con el resultado que, en vez de aprovechar el “tiempo de gracia” de la euforia democrática, para elaborar una “solución política negociada” para todos los problemas que hemos reseñado anteriormente, ese tiempo fue empleado más bien en la implementación de diversas estrategias, a menudo antagónicas, que satisfacían intereses parciales –individuales o grupales– que no han resultado en la definición y resolución de los “legados del pasado”. De la comprensión de éstas premisas devinieron, a tropezones, las soluciones de los legados y los ,problemas apuntados y por ende la continuidad del ciclo democrático, pues, como colofón debemos reafirmar que no se debe esperarlo todo de la voluntad política del “Imperio unipolar” ni del resto de las potencias centrales; ellos sólo obrarán directamente cuando sientan afectados sus intereses vitales; en la resolución de los conflictos locales de la periferia la regionalización del poder es ya hoy una realidad fáctica bastante autónoma.

   12.- SITUACIÓN POLÍTICA, ECONÓMICA Y SOCIAL
            DEL CONO SUR.

               La CEPAL acuñó la frase “la década perdida” para señalar la grave situación en que se encontraba América Latina al término de los años ’80. Y no era para menos: en 1990 el nivel del producto por habitante era igual o menor que el que se registraba 13 años atrás y fue poco lo que cambió en los diez años posteriores. El retroceso había sido de una trágica enormidad e hizo disminuir drásticamente los índices de la calidad de vida en sociedades ya brutalmente dializadas de las que ningún país era una excepción. A la pregunta de porqué Latinoamérica había quedado tan catastróficamente rezagada, se podía responder sólo en parte citando las negligencias políticas y económicas del pasado inmediato y la crisis de la deuda. Nuestra tesis es que el sujeto de un desarrollo de largo plazo en una economía mundial descentralizada es la sociedad estatal nacional en general, es decir, la totalidad de los factores que determinan la productividad relativa de la economía nacional. En este plano social global deberíamos preguntarnos si cuál es el “círculo vicioso” que ha impedido e impide el desarrollo de América Latina. La respuesta del Cientista Social alemán Michael Ehrke, del Instituto Iberoamericano de Hamburgo, coincide en gran parte con la nuestra, y es que las sociedades latinoamericanas no han producido los “logros de integración” que deben anteceder a un proceso de desarrollo económico exitoso, o si lo han hecho fue insuficientemente. Y sin esos logros de integración en que lo político, lo social y lo económico se entrelazan sin solución de continuidad, Latinoamérica reaccionó tardíamente ante las radicales transformaciones ocurridas en la economía y la sociedad mundial durante los años ’70 y que estuvo acompañada por un cambio de forma en la economía del globo. El “juego” de sumas positivas de los años ’50 y ’60, en el que muchos de los participantes pudieron sacar partido de la creciente conexión económica internacional, se convirtió en un “juego de suma cero”, un implacable concurso de aniquilación entre economías nacionales bien pertrechadas y del cual quedaron excluidos los débiles, es decir los subdesarrollados del tercer mundo a los cuales fueron traspasadas sistemáticamente las repercusiones de las crisis a partir de la crisis del petróleo de los años ’70. Estos países fueron los que cargaron con los gastos de los déficits y del endeudamiento, que se dispararon a las alturas cuando los países industrializados completaron su ajuste a las nuevas condiciones de la economía mundial.
               En las naciones periféricas, a diferencia de las naciones centrales, la industria no ha surgido como la expresión final de un lento y trabado desenvolvimiento económico, desde el artesanado a la gran producción capitalista. Por el contrario, las posibilidades de nuestros países han sido rigurosamente limitadas por la introducción masiva de la producción extranjera. Sólo ha podido irrumpir a través de las fisuras abiertas en el sistema del mercado mundial por los golpes de las crisis o los conflictos militares internacionales, y cuando esas fisuras se cierran el peso de las contradicciones recae con más fuera sobre la región en desarrollo más avanzado en el proceso de industrialización. Tal es el caso de América Latina, que, dentro del maremagnum del tercer mundo, era el continente más desarrollado y de cuyos principales países –México, Brasil y Argentina, que en 1980 produjeron entre ellos casi el 80% de las manufacturas del tercer mundo– se creía que ya estaban en condiciones, a mediano plazo, de trasponer el umbral de la industrialización.
               Pero a pesar de ello, las economías latinoamericanas resultaron sumamente vulnerables a los grandes cambios de los años ’70 y posteriores. Con un sector industrial sin la suficiente capacidad competitiva internacional, con una elevadísima cuota de materias primas para exportar y con una alta dependencia de importación de bienes de capital, no pudo resistir la ventaja competitiva de otras naciones en ésta moderna versión “darwinista” en que se convirtió la lucha por tajadas del mercado internacional.
               La situación, pues, no es muy halagüeña para América Latina. Aunque el retorno a regímenes democráticos –en gran parte todavía “tutelados”, en los ’90, por unas fuertemente politizadas Fuerzas Armadas– sugería un alivio al problema bárbaro de las violaciones de los derechos humanos y el estado de resistencia y fragmentación social que ello acarreaba, con la esperanza de lograr esa integración de las sociedades, tan necesaria para el “despegue”. Sin embargo, precisamente los procesos de ajuste y saneamiento económico, ejecutados en nuestras regiones, han acentuado el drama por haber recaído sobre el segmento más pobre de la población. Así, por ejemplo, en la mayoría de los países latinoamericanos el salario real disminuyó un 20% y se estimaba que la recuperación del nivel que tenía a principios de los ochenta llevaría unos seis años (pero llevó más); según los datos de la CEPAL, en 1980 había unos 130 millones de latinoamericanos en la pobreza mientra que diez años después, la cifra se elevó a cerca de 200 millones  y no ha disminuido hasta ahora en pleno siglo XXI; la participación activa del valor de las exportaciones en el comercio mundial era de un 12% hace cuarenta años y en la actualidad se sitúa en torno al 4% (¡!); y por si esto fuera poco, los expertos de la CEPAL señalan que los países industrializados aumentaron su productividad durante las dos décadas pasadas, mientras que Latinoamérica mostró un decrecimiento importante y una tendencia al estancamiento. Además, durante ese lapso, la necesidad de incrementar la producción condujo a una destrucción progresiva de los bosques tropicales de la región donde se desforestan unas diez millones de hectáreas al año.
               En el Cono Sur, aún en el período de auge, el crecimiento concentrador y excluyente generó posturas críticas que planteaban la necesidad de innovar las políticas económico-sociales; y ya en la década del ’80 –como ya hemos visto– se advirtió, con gran intensidad, la necesidad de replantear las relaciones Estado-economía-sociedad como se sigue haciendo en nuestros días.
               La grave crisis interna que afecta las esferas económica y social, presenta a los diversos sectores de la sociedad la necesidad de replantear las políticas públicas, y los mismos Gobiernos perciben la obligación de adaptarse a la reestructuración económica que se da a nivel mundial. Por otra parte, los recursos manejados por el Estado disminuyen con la crisis, con lo que se completa el círculo de las tendencias, marcado por el aumento de las demandas derivadas de la crisis y de la capacidad creciente de expresión de los actores; en éstas circunstancias aumenta la ingobernabilidad económica y política y se limita la capacidad de acción del Estado, siendo ya en Sudamérica –nuestro espacio geopolítico– la respuesta el retorno a un autoritarismo estatista.
               A medida que se consolidaron los procesos de transición a la democracia, la gobernabilidad económica y política se tornó más difícil, y ciertamente  se requiere un suerte de pacto entre actores sociales y políticos, en un contexto dentro del cual la crisis dificultará aún más la legitimación de la gestión estatal y ya está planteando esfuerzos crecientes en la construcción del consenso.
               El carácter marcadamente autoritario de los regímenes anteriores a la apertura de los ’80, que parece querer regresar, bloqueó durante décadas toda discusión pública y en esa medida dificultó la comprensión de la naturaleza de los procesos socio-económicos y de sus tendencias. Pero los estudios de base efectuados a partir de las transiciones democráticas, demuestran que, según las tendencias observadas, los obstáculos pueden ser superados a partir de nuevos estilos de desarrollo que sólo podrán intentarse si se logra la integración, en un gran consenso, de esa relación triangular que abarque al Estado, los distintos sectores de la economía y los diversos sectores sociales. Las posibilidades de consolidación de nuestras noveles democracias están de ésta forma fuertemente condicionadas por la fluidez de la discusión y posibilidad de poner en ejecución políticas alternativas, toda vez que la agenda de discusiones y proyectos incluya tanto las insuficiencias de nuestra estructura socio-económica como de las fórmulas para encarar la crisis.
               De todos modos, por ahora todo parece indicar que América Latina está apostando por la democracia y la economía de libre mercado. El modelo adoptado en la década de los ’90 era evidente y los propulsores de un neoliberalismo económico asumieron el poder: se llevaron a cabo, contra viento y marea, las privatizaciones de empresas públicas; los presupuestos se equilibraron y la inflación se mantuvo baja aunque al precio de un alto costo social; los capitales que se habían fugado regresaron en parte; las exportaciones aumentaron y el crecimiento parecía una realidad. Los EE.UU. y los Bancos comerciales volvieron a ayudar para afirmar la implementación de las recomendaciones del “Consenso de Washington”; los acuerdos de reducción de la deuda conforme al “Plan Brady” se pactaron con México, Bolivia, Uruguay, Venezuela, Argentina, Costa Rica y Brasil, debiendo agregarse que Chile y Colombia no los necesitaban. Pero inquietaba el alto costo social que produjo dos intentos de Golpe en Venezuela, hizo muy difícil la neutralización de “Sendero Luminoso” en Perú, alentó el cultivo de la coca en Bolivia (donde 23.000 mineros quedaron parados por el cierre de las minas improductivas) y era un factor primigenio de una inestabilidad social permanente, además de ofensivo para la misma concepción ideológica de la “Economía Social de Mercado”, como lo señaló, en oportunidad de su visita a nuestro país, el entonces Presidente de la Internacional Liberal, Conde Otto Lambsdorff: “…El capitalismo que proponemos desde Alemania, en base a nuestra experiencia, es la Economía Social de Mercado, con su fuerte componente de justicia social y cuidado del medio ambiente… hoy por hoy, nuestra sociedad tiene la cadena más extensa de servicios sociales que expande el bienestar a una gran mayoría de los ciudadanos;” y refiriéndose a Chile el ejemplo sudamericano”, señaló: “…Chile es una maravilla desde el punto de vista macroeconómico. Los números son correctos, el crecimiento es ideal, la moneda fuerte, la inflación baja o casi controlada. Pero se toma un automóvil y ni bien se sale de los suburbios residenciales de Santiago, uno se encuentra con barriadas pobres sin luz ni agua, sin infraestructura escolar. Y esto es ofensivo…” (ABC Color; p. 8; 12 de Julio de 2002).
               Ahora, ¿existía acaso otro camino que la dureza del ajuste?, ¿puede transitarse hacia la economía social de mercado, que parecía ser la dirección a que nos llevaba el ímpetu de la historia, por medio de cierto Keynesianismo renovado que acentuase el crecimiento de lo social antes que dejar libradas nuestras sociedades al total y salvaje libre juego de la tesis “mercadocéntrica?. El tiempo dijo que no, pero mientras tanto nos preguntamos todavía hoy, si Latinoamérica en general y el Cono Sur en particular, están ya en condiciones de aprovechar el aumento (con altibajos) del crecimiento mundial, si superarán definitivamente la ola de neoliberalismo que nos azotara despiadadamente, si seguirán profundizando reformas con equidad y por sobre todo –volviendo a nuestra afirmación del principio– si lograrán ese “contrato social” que produzca el consenso social básico, ese “logro de integración social” que reemplace ese excesivo individualismo socioeconómico –ese enaltecimiento del éxito personal sin ataduras sociales ni nacionales de nuestras clases dirigentes, la débil identificación con instituciones y proyectos de largo alcance, la excesiva dualización y ruptura entre pobres y ricos– por un nuevo sistema de referencia metaeconómico, una instancia diferenciada que represente los intereses de toda la sociedad con normas sociales obligantes que se transformen en tradiciones e instituciones permanentes.

    13.TRADICIONALISMO Y MODERNIZACIÓN
         TRANSFORMADORA EN LA DECLINACIÓN
         DE LAS RIVALIDADES DE PODER.

               Tras la pintura de la situación de nuestras naciones, pasemos a analizar las presiones que soportan los Estados de nuestra subdesarrollada Latinoamérica, que ahora son muchísimo más sutiles y salen a la luz después de estar ocultas por el simplismo geométrico del concepto articulador de la rivalidad “Este-Oeste” y de explotación “Norte-Sur”, pues la definición de las relaciones regionales ya no corresponden sencillamente a las reglas de la geografía. Tenemos así la persistencia de estructuras semifeudales o tradicionales que chocan con los deseos de introducir nuevos sistemas y métodos de administración estatal; las aspiraciones de lograr independencia económica y política frente a la realidad de depender de la ayuda externa y la buena voluntad de los “Poderes Fácticos Internacionales”; la tendencia de las potencias centrales a desligarse de los problemas locales de la región; la aspiración de mantener el predominio de su influencia, siempre presente, de las Fuerzas Armadas (Ej. de Venezuela, Chile, Brasil); el apremio de más democracia contra la necesidad que advierten los líderes políticos de mantener formas autocráticas para salvaguardar la disciplina social; y las amenazas no bélicas a la seguridad (narcotráfico, ecología, migraciones ilegales), que examinaremos más atentamente en capítulo aparte.
               En los últimos tiempos, la política nacionalista de “gran potencia” ha ido dando paso a lo que llamaríamos “la declinación de las rivalidades de poder” por una más justa comprensión de nuestra debilidad intrínseca y de los daños que causa, para la negociación con las potencias centrales, esa “balcanización” de la gran nación latinoamericana.
               Las luchas intestinas entre los grandes Estados Latinoamericanos y su tendencia a imponer su supremacía, se encaminan inexorablemente hacia un ocaso que esperamos sea definitivo. Nuestros centros de poder regionales ya no pueden agotarse en enfrentar situaciones conflictivas onerosas, porque se hallan ubicados en una situación defensiva y de difícil equilibrio que ya no enmascara las duras realidades de un mundo en profunda mutación, y por eso no pueden darse el lujo de perder de vista las verdaderas trabas al desarrollo armonizado de las sociedades que gobiernan.
               Tenemos el ejemplo de la Argentina, que con todas las cualidades para el despegue hacia los planos de una potencia del primer mundo al término de la 2ª Guerra Mundial, enmarañada en sus problemas internos y en rivalidades regionales, por haber dejado pasar la ocasión de las grandes confrontaciones globales, se ha visto colocada –en menos del lapso de una generación– ante enfrentamientos que sus Dirigentes no habían previsto y que los obligarían a realizar revisiones desgarradoras porque la voluntad de poderío había eclipsado la solución de los verdaderos problemas.
               En ésta declinación de las rivalidades de poder “…Los cambios económicos, tecnológicos y político-sociales que están ocurriendo a nivel global, y la consiguiente desestructuración (atomia) del mundo clásico y su reemplazo por un sistema internacional más diversificado, fluido e interdependiente, confrontan a los países latinoamericanos con el desafío de estructurar sistemas políticos, sociales, y economías modernas y flexibles, abiertas al mundo, y capaces de adaptarse a él y de desarrollarse, a partir de una capacidad endógena…” expresa la ponencia de nuestro ya citado Luciano Tomassini en el Seminario patrocinado por el Instituto de Altos Estudios de América Latina (IAEAL) para reflexionar sobre “el futuro de Latinoamérica” y llevado a cabo en la Universidad de los Andes de Bogotá, Colombia, en Noviembre de 1992. Y en ese contexto, los problemas de estabilidad política, de seguridad y desarrollo, son muchas veces condicionados por ciertas formas de competencia entre el Poder Central y otras influencias más tradicionales dentro de sus límites geográficos. Así, hasta la percepción de la identidad nacional y el orden interno son afectados por la tensión que se crea ante la voluntad de introducir métodos modernos de gobierno y la realidad de prácticas locales muy antiguas, porque los instrumentos de organización política, como la burocracia y los partidos, no suelen poder desplazar –sobre todo a corto o mediano plazo– los sistemas más arcaicos de orden social subsistentes. Las fuerzas tradicionales que pretenden la desaceleración de la historia y aún el retroceso de los avances de la modernización transformadora, buscando instintivamente un regreso al pasado que conocen mejor, son potencialmente peligrosas para el desarrollo y la inserción en el nuevo orden mundial con posibilidades de éxito, pues éstas fuerzas, guiadas por sus creencias e ideologías, si llegaran al Poder, defenderían cierto grado de aislamiento frente a los asuntos exteriores y relegarían las técnica contemporáneas de orden político y avance social.
               Por ejemplo de lo antes dicho: Los obstáculos que encuentra en nuestras latitudes el encaramiento del tránsito hacia una auténtica Economía Social de Mercado, en vez del simple liberalismo salvaje con altísimo costo social, se debe en gran parte a lo apuntado “ut supra”. Y es que los sostenedores de estas obsolescencias, contemplan –aunque jamás lo admitirían explícitamente– que el proceso de crecimiento y acumulación de nuestras economías debe verificarse a través de la Burguesía intermediaria. Ésta política ha privilegiado siempre, en todos loa países donde se la ha adoptado, al sector conexo al comercio exterior, es decir, los intermediarios, exportadores e importadores y el sector del capital financiero; así, el sector primario exportador (una de las clases políticamente más reaccionarias) domina las actividades productivas en detrimento de todo el proceso de industrialización, y nos referimos tanto al mercado externo como a la sustitución de importaciones. Ese tipo de Neoliberalismo, disfrazado de Economía Social de Mercado, está sustentado por las clases que conforman el sector de la oligarquía latifundista –agroexportador y financiero– las cuales no están interesadas en el desarrollo industrial, la reforma agraria profunda, ni mucho menos en la modificación estructural del sistema socioeconómico.
               Estas viejas fuerzas decadentes son enemigas naturales de la integración y de los intereses nacionales, porque aceptan pasivamente la forma de inserción en el mercado internacional que les ofrecen los países industrializados, pues sus miembros son los privilegiados de ésta situación de dependencia; por tanto, jamás considerarán que el éxito del desarrollo de las economías nacionales periféricas se producirá únicamente en la medida en que a los países industrializados se les arrebaten cuotas en la riqueza económica. Para ellas el Neoliberalismo consiste, simplemente, en disminuir la asistencia social del Estado, mantenerlo en el máximo de subsidiariedad y garantizar a las empresas altas tasas de ganancias por medio de un salario disminuido, la mayor desregulación de las actividades económicas y un bajo nivel de tributación, sin mentar en absoluto la Reforma Tributaria (con impuesto a la renta personal incluido), cierta vigilancia del Estado con protección e impulso a la productividad, y la participación sindical y social que implica la aplicación de la Economía Social de Mercado en su auténtica expresión.
               Y hemos citado como ejemplo la versión más “modernizada” de las fuerzas retrógradas y cómo pueden operar para trabar o distorsionar la modernización transformadora del Estado, cuando que sabemos que las oligarquías semi-feudales se apoyan precisamente en los elementos más tradicionales y reaccionarios de la sociedad para entorpecer seriamente los avances modernizadores de los Gobiernos, confundiendo intencionalmente su propia seguridad y la de sus intereses con la del Estado que enfrenta  las crecientes exigencias de liberalización y democratización. El manejo de la estabilidad regional depende, entonces, de garantizar que los avances de la modernización no destruyan la estructura social, y que las posturas tradicionales no sean tan retrógradas ni tengan tanta fuerza como para impedir que el país logre su inserción exitosa en un mundo cada vez más interdependiente, con una buena cuota de beneficios en el Nuevo Orden Mundial.

        14.- EVALUACIÓN PROSPECTIVA.

            Evaluaremos los retos de la democracia y la dirección del Poder Estatal con sus principales tendencias. La terrible crisis económica, social e institucional de nuestros pueblos más la desaparición del “peligro comunista de subversión”, por el derrumbe de los regímenes de “Socialismo real”, ha resultado en todo el continente en una verdadera aplicación de la “teoría del dominó” a la kinética democrática. Uno a uno, país por país, las crisis mencionadas derivaban en crisis políticas irreversibles que terminaban con los regímenes autoritarios basados en la doctrina de la seguridad nacional. También ha aumentado la “intervención” más directa y desembozada de los EE.UU. y la Comunidad Europea (y aún del Japón, todavía un poco tímidamente en el Perú) en la defensa de los derechos humanos y la instauración y consolidación de la democracia.
               Pero en la mayoría de los casos, la capacidad de los gobiernos democráticos de regir verdaderamente sobre las sociedades que gobiernan, está muy condicionada todavía por el tutelaje militar y los grandes intereses económicos (que el pueblo ha dado en llamar la “patria financiera”) que también “rigen” al lado, como “cabalgando al costado” y dispuestos a tomar en cualquier momento las riendas del carruaje gubernamental.  Y si llama la atención que reiteradamente mencionemos el “poder militar” aunque diera la impresión de que éstos se han retirado definitivamente a sus cuarteles, sin embargo siguen manteniendo su fuerte presencia de tal modo que en Venezuela el Presidente Chávez se apoyó en las que llamó “mis Fuerzas Armadas” y el Comandante en jefe de ellas ha expresado enfáticamente que “las FF.AA. no aceptarán un gobierno que no sea Socialista”, mientras que en el Cono Sur (excepto Argentina), Las FF.AA. se mantienen “intocables”, y hurgando en el pasado reciente de hace una década, vemos cómo los Jefes Militares Brasileños han expresado duras críticas al gobierno de Fernando Henrique Cardoso, defendiendo el nacionalismo y oponiéndose a la privatización del petróleo por considerarlo “estratégico”, de las comunicaciones por “intocables”, a la apertura a la empresa privada de la navegación de cabotaje y la marina mercante, y a la reforma del sistema de Previsión Social. Las críticas han sido públicas y el Jefe del Estado Mayor Conjunto (EMFA) declaró: “…Nosotros no queremos más de lo que siempre existió: el reconocimiento de que el militar es diferente. Siempre fue así, desde el tiempo del Imperio y de la República”(18). Y nadie pidió una censura del Congreso ni del Ejecutivo. Y hasta ahora nadie se mete con ellos a pesar de algunas declaraciones petulantes de Dilma Rouseff. En Chile, las FF.AA. se reservaron el poder real y la autonomía de su esfera interior, para evitar casos extremos y el saqueo del país, regulando el proceso, y los resultados están a la vista: gran transparencia, mucha honestidad en el manejo de la cosa pública, pero con un solo grupo económico dominante (“la Derecha”) –desde 1982, en que el “crash” económico hizo que el Gobierno de las FF.AA. determinase el cambio de rumbo hacia una economía social de mercado en vez del neoliberalismo capitalista liso, llano y brutal que se estaba aplicando, excluyendo además de la dirección económica a los “Chicago Boys” que intentaban monopolizarla– y un sostenido crecimiento económico alabado por propios y extraños que, aumentando cada año su inversión en gastos sociales, desde la llegada al poder de la oposición civil, está caminando hacia la verdadera Economía Social de Mercado que, reiteramos, significa: “crecimiento económico, con equidad, avance social, concertación entre los diferentes actores sociales (Estado, Sindicatos, Patrones, Consumidores y Fuerzas Armadas) y equilibrio ecológico, todo en democracia”, que aún no se da porque Chile es una Democracia tutelada por la Derecha y las FF.AA. y sigue siendo un país de pobres manejado por un puñado de super-ricos. La Lección de Augusto Pinochet todavía sigue intimidando a los Socialistas chilenos. Pero al menos las FF.AA. chilenas han abandonado al equipo de asesinos de Pinochet y conservan su monolitismo institucional profesional y autónomo hasta nuestros días. Por su parte, en Bolivia, Evo Morales está rearmando y equipando aceleradamente sus FF.AA. con dinero venezolano y se apoya cada vez más en ellas como su par venezolano. En Argentina, los militares han quedado totalmente desmoralizados por las revelaciones escandalosas de la criminal “guerra sucia” y su fracaso en la guerra de las Malvinas, que aún no han recobrado su personalidad suficiente para ser tenidas en cuenta. En Paraguay, donde el canciller de Venezuela instó a los militares a dar un golpe de Estado para evitar la destitución de Fernando Lugo, se buscó desde la asunción a la Presidencia de Juan Carlos Wasmosy,  el retroceso continuo de las FF. AA. en todas las esferas de la sociedad, crearles un complejo de culpa e inferioridad para desmoralizarlas –a pesar de ser ellas las que trajeron la democracia– y poder someterlas a la condición de simple “Guardia Nacional” como en las republiquetas sin tradición militar de Centroamérica. Y ésta campaña de desprestigio debemos asociarla con la política neoliberal que se intentaba imponer al Paraguay, cuyo objetivo principal ( que se cumplió en parte) era traspasar las empresas estatales a grupos de poder económicos muy reducidos y concentrados que permitiría el dominio de la República, en lo económico como en lo político, por el grupo denominado “los Barones de Itaipú Wasmosystas” en contubernio con ciertos grupos económicos internacionales. Para que ello fuere posible, debían destruir o “neutralizar” (para utilizar la expresión del Vicepresidente Seifart) a los dos obstáculos irreductibles: el Partido Colorado unido y reconciliado consigo mismo y con su destino, y unas Fuerzas Armadas poderosas, cohesionadas, con gran prestigio y autoridad moral e influencia política. Pero ello ha fracasado y hoy tanto el Partido Colorado como las FF.AA. están cada cual unido y cohesionado respetando la institucionalidad democrática de la República, aunque éstas últimas necesitan mayor modernización y equipamiento.

         15.- LA TEORÍA DE HUNTINGTON.

               Ante la posibilidad de una vuelta al autoritarismo que se nota en los países del “ALBA” acaudillados por Hugo Chávez, recordemos al célebre politólogo Samuel P. Huntington que ha esbozado su teoría según la cual el proceso de democratización se da de la siguiente manera: a una ola democratizadora siempre le sucede una contraola autoritaria. Y si contemplamos en retrospectiva la historia reciente Latinoamericana, vemos que, desde la post-guerra mundial, en nuestro continente –con las lógicas excepciones– comenzó hacia la década del cincuenta una ola democrática, después, ante el impacto de la Revolución Cubana (1959) y las guerrillas y agitaciones subsecuentes, advino una ola autoritaria que se extendió hasta comienzos del ’80, en que nuevamente una “década democrática” sucedió, y que ahora parece entrar en una crisis que esperemos no sea el “principio del fin”. ¿Por qué?.
               Someramente enunciadas las causas principales pueden ser tres: 1) La fuerte tradición autoritaria latinoamericana, históricamente comprobada y muy estudiada, que deviene de la conquista española y el tipo de sociedad implantada en América en contraste a la colonización anglosajona simbolizada en los peregrinos del “Mayflower”. 2) El severo programa de ajuste “Neoliberal” que con el eufemismo de “la reforma del Estado” sin embargo ha implantado un crudo liberalismo decimonónico con el consiguiente descontento generalizado de la población y las tensiones de los actores sociales. 3) La corrupción de la case civil dirigente que hasta ahora está echando por tierra la credibilidad de los “Gobiernos Civiles” democráticos, a los cuales el pueblo, sometido a un severo y doloroso ajuste económico, ve en tanto, pelearse a dentelladas por negocios y prebendas, amén de mostrar una debilidad endémica ante los problemas de gobernabilidad y disciplina social, así como una abyecta sumisión ante ciertos gobiernos extranjeros.
               La impresión popular sobre los Gobiernos democráticos que han sucedido a las Dictaduras es que están regidos por Presidentes débiles y faltos de honestidad y carácter, y… eso en América Latina (y más aún en Paraguay) es imperdonable. La tradición paraguaya y latinoamericana hace que los pueblos esperen Presidentes casi “monárquicos” que lo resuelvan todo trayendo a sus países el desarrollo económico y eficiencia, y piensen que si no hay un “Hombre Fuerte” no hay Gobierno. Entonces se combinan la tradición autoritaria y ese ciclo de control no democrático para que la gente los vea como una salida. Eso tal vez explique el éxito de Hugo Chávez, Correa y otros de su mismo sesgo.

 16.- COLOFÓN: SITUACIÓN DEL CONO SUR
         DESDE LA APERTURA DEMOCRÁTICA 
         HASTA EL PRESENTE DEL SIGLO XXI.

                En Argentina, frente a la gran capacidad de maniobra del ex Presidente Carlos Menem, que logró, con sucesivos compromisos, domeñar los encrespados ánimos militares, más el audaz ingreso al concierto diplomático del primer mundo por la “alineación” de su política internacional y un plan económico que al principio pareció dar frutos, (lo que le valió la reelección) asistimos, sin embargo, en la mitad de su segundo mandato, a un desquicio sin paralelo de la economía argentina a causa  de la aplicación irrestricta de las recetas neoliberales sugeridas por el “Consenso de Washington” que provocaron un colapso y “default”, lo que provocó la caída del gobierno radical de Fernando de la Rúa y su remplazo por el Peronismo donde al final de muchas idas y venidas triunfó Néstor Kirchner, con una política económica más “Keynesiana” que sacó del pozo a su país logrando un crecimiento sostenido de casi el 9% anual con más justicia y equidad social, y logró la continuidad del poder con la elección de su esposa Cristina Fernández, falleciendo luego muy joven para un estadista pero dejando a su esposa un legado que le dio la reelección por amplio margen de votos pero que ésta comenzó a mal administrarlo en su segundo mandato como veremos en el próximo capítulo. Ahora está alineada con los países del “ALBA” por necesidad y convicción.
               En Chile, tenemos una diferente solución “a la chilena” donde a un decisivo despegue económico que ha hecho ingresar definitivamente a Chile en el moderno mundo de las “ventajas competitivas” de las naciones, se contrapuso, al principio de su transición democrática, un extraño e incómodo maridaje con el Poder anterior, que no impidió, sin embargo, un lento pero seguro andar hacia la plena afirmación democrática. Éste es el caso que afirmáramos anteriormente, donde la clase política optó por la negociación y cohabitación con el poder fáctico antes que empecinarse en transitar exclusivamente por la fría lógica del Derecho. En la actualidad Chile sigue desarrollándose pero existe una fuerte protesta social que reclama más obligaciones del Estado hacia la sociedad en lugar de la prescindencia heredada del Neoliberalismo que aún subsiste.
               En otros Estados del Cono Sur la transición se presentó más clara: en Uruguay, la negociación entre una civilidad –realmente representada por su clase política– y las Fuerzas Armadas, se llevó “hasta las últimas consecuencias”, en una solución contractual llamada “Pacto del Club Naval” que “sacramentó” los acuerdos e hizo viable la transición pacífica con la relativamente pronta solución del “Tema Militar” mediante la aprobación por el Congreso de la Ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado y de la Ley de Amnistía,  que en 1.989 el pueblo mantuvo, en histórico referendum, en una clara y contundente opción por el futuro y la pacificación, pero que ahora ha sido anulada por la Justicia y el Congreso, abriéndose así el camino para el castigo de las violaciones de los Derechos Humanos durante la Dictadura Militar. El tema de la liberalización económica ha tenido cierto tropiezo con el rechazo popular a las privatizaciones indiscriminadas, lo que obligó a una mayor prudencia y reajuste del plan y que fue uno de los factores que incidiera en la llegada al Poder del izquierdista “Frente Amplio” que es afín ideológicamente con el “Socialismo del Siglo XXI” aunque no vaya hacia el autoritarismo político ni la estatización económica. Pero su progreso hacia un mayor bienestar es lento.
               En Brasil, la transición democrática consistió en la apertura del mismo sistema, que se abrió a las reivindicaciones políticas que propugnaban el reencuentro del Estado con la Nación. La apertura tuvo dos características que no se deben pasar por alto: no violencia y gradualismo; fue un proceso de resocialización de los grupos políticos importantes y tuvo de trasfondo el hecho de que a pesar del cuarto de siglo de régimen militar, la sociedad brasileña no se contaminó de militarismo. Y a ésta altura de los acontecimientos, aún con la crisis, al comienzo de la transición, de la institución Presidencial, la democracia siguió desarrollándose y todo el sistema siguió funcionando, y toda vez que los desafíos económicos no se vuelvan insuperables, la democracia tiene buena chance. Brasil en estos tiempos obtiene un respetable superávit comercial y está en buen pie con sus acreedores; la privatización fue lenta pero se hizo bastante con el gobierno de Fernando Henrique Cardoso; la cuestión es si cuánto tiempo más aguantarán los brasileños marginales y pobres vivir pendientes del futuro del “país mais grande do mundo” en una sociedad injusta y bajo gobiernos incompetentes para la justicia distributiva. Brasil es ya la sexta potencia industrial del mundo, habiendo desplazado a Gran Bretaña, pero su ingreso per cápita no llega siquiera a la mitad de los 24.000 dólares que tienen los habitantes del Reino Unido. Su retórica con el Partido de los Trabajadores en el gobierno es izquierdizante y necesita del comercio con Venezuela, pero seguirá siendo, como hasta ahora, un país pragmático.
            Bolivia, que pareció un tiempo el furgón de cola del convoy latinoamericano, fue sin embargo, uno de los primeros y más dramáticos conversos a la democratización y las reformas económicas, y mantuvo una férrea dirección y su fe en ellas a pesar de las muchas y terribles presiones internas. Aunque el costo social y político era extraordinariamente alto, el juego electoral democrático con alternancia en el poder se ha respetado, y parecía que en forma lenta, pero constante, se atraía la inversión extranjera, que los capitales nacionales retornaban y su economía comenzaba a crecer. Pero el Neoliberalismo no es la solución para nuestras naciones y en Bolivia sucedió lo mismo que en Argentina: un desastre socioeconómico de proporciones incalculables durante los gobiernos de Sánchez de Lozada, que en su segundo período no pudo aguantar la furibunda reacción popular, jalonada por muchos muertos, y debió renunciar, haciendo que las elecciones siguientes las ganara el Líder cocalero Evo Morales, un indio aymara de pura cepa, que con un amplísimo margen de popularidad ocupó el Palacio Quemado, y de inmediato echó por la borda el Neoliberalismo, aplicando una política izquierdista de acción popular alineándose pronto con Hugo Chávez y su “Socialismo del siglo XXI”. Hasta ahora mantiene un alto índice de popularidad pero el nivel está bajando, hay mucha resistencia en la “medialuna” de Departamentos que son contiguos al Dpto. de Santa Cruz, foco principal, existen muchas denuncias de violaciones de los Derechos Humanos y de las reglas de la democracia, y ya se manifiesta bastante descontento popular porque las reformas no están dando el resultado esperado, pues Bolivia tiene problemas muy ingentes. El tiempo dirá si las recetas “chavistas” pueden enderezar el rumbo de la economía y la sociedad boliviana, aunque hay mucho escepticismo al respecto, y si pueden hacerlo rápido ya que la gente se impacienta.
               Esperamos que Paraguay no sea otra vez la excepción a la regla. Con 35 años de  supervivencia de un régimen dictatorial prebendarlo de características totalitarias, que escapaba al común denominador de los autoritarismos tradicionales latinoamericanos, ha sido la última nación, junto con Chile, en ingresar al “Club Democrático”. Pero aunque no podrá eludir el cerco de democracia que rodea Latinoamérica, está aún por verse si esa marcha hacia el progreso será lineal o sujeta a detenciones, desviaciones o inclusive retrocesos, como ocurrió durante el gobierno de Lugo. En el caso paraguayo no hubo “pacto” entre las Fuerzas Armadas y la civilidad como en el caso uruguayo; ni hubo “otorgamiento” de la apertura democrática como en el Brasil; ni negociaciones de “Real Politik” como en Chile; ni derrota militar como en Argentina; o derrocamiento del entorno militar mafioso por sublevación cívico-militar como en Bolivia. No. En Paraguay las FF.AA. –más aún, la cúpula militar gobernante– dieron el golpe de Estado que derrocó la dictadura. Y allí mismo está el origen de las indefiniciones tanto en materia económica como en el avance del proceso político; el problema estribó en que “a Stroessner lo derrocaron sus propios socios”. Ahora, Paraguay soporta una grave crisis social y económica; la liberalización económica ha sido tímida y parcial, insuficiente; no hubo gran privatización de entes públicos, y las privatizaciones que se hicieron, durante el gobierno Wasmosy, resultaron un desastre para el Estado y terminaron en sucios negociados. Y  el proceso de transición aparece excesivamente “tutelado” por el entorno empresarial (y hasta delincuencial) que a toda costa pretende mantener las riendas del poder real en sus manos –aún violando las reglas del “fair play” democrático– que sostiene todo el entramado de intereses oligárquicos que manejan la República. Como a la Derecha Liberal, que llegó al Poder con la destitución de Lugo, le sucedió un Partido de “Centro-Izquierda” popular, que si llega a ser un nuevo y moderno Partido Nacional Republicano las cosas podrían ir mejor y se asegurará el futuro para los hijos de la nación.
               Concluyendo, se puede decir que, pese a las dificultades, los gobiernos democráticos están logrando salir adelante, ordenando en principio sus economías y cierto acomodamiento con las Fuerzas Armadas; se trata de un proceso aún precario pero que ha permitido alejar el fantasma del golpe de Estado. Algunos académicos llaman a esto “Democracia tutelada”, “semi-democracia”, “Democracia de salvadores” o “Democracia delegativa”. Como última característica novedosa, tenemos la emergencia, en varios casos exitosa, de los candidatos de Movimientos Independientes que basan gran parte de su actuación en la crítica sin cuartel a los Partidos Políticos tradicionales y apelan a una especie de “neo-populismo” para hacerse elegir. Mas la dura realidad se impone siempre, y tanto éstos “independientes” que proclaman “un nuevo modo de hacer política”, como los demás líderes que alegremente prometen una “nueva sociedad”, no pueden escapar a los parámetros impuestos por la globalización y la tecnocracia internacional, y aplicarán los programas de ajuste y reforma del Estado pese a lo que digan sus propuestas de acción gubernativa.

17.- LA INTERDEPENDENCIA DEL DESARROLLO
       Y LA PLURALIZACIÓN  ECONÓMICA.

               Hemos entrado decididamente en la era de la “economía sin fronteras”. Con el fracaso, en Latinoamérica, de aquel valor ordenador comenzado en los años cincuenta –que pretendía el desarrollo económico y la modernización social sobre la base de los populismos desarrollistas, con la esperanza de la industrialización acelerada, el autoabastecimiento, el aislamiento de un nacionalismo mal entendido y peor implementado, que buscando la substitución de importaciones impuso un “super-proteccionismo”  a las “industrias nacionales”, que no disminuyó la pobreza pero creó grandes millonarios “industriales nacionales”– los muros que separaban a nuestros Estados entre sí y a todos del mundo, se han ido volviendo cada vez más bajos y delgados, entrelazando inexorablemente las cuestiones domésticas y las relaciones exteriores de todos los países.
               Hoy ya es imposible e impensable que un Estado pretenda llevar a efecto su propio planteamiento, no solamente macroeconómico sino también de bienestar social, como su política fiscal, monetaria y tributaria –que aún no hace mucho tiempo se consideraban parte de la sagrada Soberanía Nacional– sin tomar en cuenta el posible impacto regional o mundial que puedan causar, pues todo ello ha pasado a la agenda de “cuestiones internacionalmente negociables”.                                                  
               Y la era de la economía sin fronteras, es también la de la política sin fronteras. La integración se expande y se consolida; las diferentes regiones forman sus comunidades económicas como preludio de una comunidad política. El ejemplo de la Comunidad Económica Europea cunde: al Mercado común del Norte, responde el Mercado común Centroamericano, y al Grupo Andino, el Mercado común del Sur. Y en éstas áreas se irá enseñoreando una relación económica, política y cultural que traspasará todos los confines de nuestros Estados surgidos de la destrucción del ideal Bolivariano: la gran Nación Latinoamericana. En éste inédito ámbito histórico, las entidades oficiales nacionales y las empresas privadas deben asumir un papel de creciente trascendencia, porque la interdependencia no se dará solamente entre los Estados de la región sino entre lo privado y lo público dentro de los Estados nacionales y su proyección en la integración. Porque aún con la interdependencia creciente de la integración y la pluralización de las economías sin fronteras, cada Gobierno nacional seguirá siendo responsable del bienestar de su pueblo y deberá arbitrar los medios para que los diversos sectores locales no lleguen a perder su competitividad en el mercado mundial, pues, el fracaso de uno, afectará sin duda al todo. A nadie conviene un vecino pobre.


                                                           N O T A S

(1) Ravi Batra: “Cómo Sobrevivir a la Gran Depresión de 1.990”; pp. 19 a 22 y 39 a 42;  Edit. Grijalbo S.A.,; Bs. Aires, 1989.-
(2) Hans Peter Martin y Harald Schumann: “La Trampa de la Globalización”; pp. 164-165;  Editora Globo S.A.; Sao Paulo, 1997.-
(3) Ibídem.
(4) Ravi Batra: “El Mito del Libre Comercio”; p. 182; Javier Vergara Editor S.A. Buenos Aires, 1994.-
(5) Ibídem.  
(6) Julia Velilla de Arréllaga: “Paraguay, un destino Geopolítico”; IPEGEI; Asunción,   1987.-
(7) Julio César Chávez: Op. cit.; Ed. Nizza; Asunción, 1959.-
(8) J. Natalicio González: Op. cit.; Ed. Guarania; México D.F., 1960.-  
(9) John Chipman: “The Washington Quarterly”; Winter, 1991.- 
(10) Golbery Do Couto e Silva: “Geopolítica del Brasil”; José Olimpio Editora; Río de Janeiro, 1967.-
(11) Paulo Schilling: “Obra citada. Traducción”; p. 29; El Cid Editor, México, 1978.-
(12) Ibídem: p. 232.-  
(13)Wishful Thinking: Creencia fundada en los deseos más que en los hechos.- 
(14) Carina Perelli: “Los legados de las transiciones a la democracia en Argentina y  Uruguay” en “Los Militares y la Democracia”; Montevideo,1992.- 
(15) Tout court: Nada más.-
(16) Charles Moskos: “From Institution to Occupation; Trend in Military Organization” en   “Armed Forces and Society”; 12 de Marzo de 1986.-  
(17) Hans Blumenberg: “Work on Myth”; MIT Press; Cambridge, Massachusetts, 1985.-  
(18) Diario Noticias; p. 36; Sábado 15 de Abril de 1995.- 
































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